jueves, 19 de julio de 2007

POEMAS IV






Rimas.



¡Nuevamente la noche! ¡nuevamente el día!

nuevamente la vida, repetida.

Ayer, hoy, mañana, y el tiempo que se escapa.



¿Quién soy? ¿fuí alguna vez?

¿seré otra vez la misma, infinitas veces abatida?



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Laberinto de ideas, una maraña,

¿cómo juntar a un tiempo:

igualdad, desequilibrio, aceite y agua?



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¿Qué haré yo ahora con estas manos mías?

con estas manos mías tan frías,

con estas manos mías que se extienden tan frías, tan vacías.



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¿Porqué me hiciste un corazón tan grande,

un amor tan inmenso?

¿porqué me formaste cáliz lleno del más dulce vino,

si no habría nunca nadie que gustase conmigo?



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Batallas.



Al anochecer la soledad me invade.

La tristeza que durante el día concedió un breve tregua,

regresa con más y mejores refuerzos a retomar de nuevo sus trincheras.



La llegada de las sombras debilita y acaba por vencer

las pocas defensas que había creado mi entereza.

Los recuerdos vienen a mí una y otra vez,

recuerdos amargos, tristes,

con sabor a lágrimas y sollozos callados.

Con el sabor de mis angustias y mis miedos,

de mis dolores,

de mis desvelos.



Y entre la soledad, la noche y los recuerdos,

vuelve a ganar la batalla el sufrimiento.

Y como cada noche, vencida y fatigada,

contemplo los despojos de mi alma devastada.



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Esperanza.



La oscuridad se cierne en nuestro mundo,

lo presiento,

lo sé.

La incertidumbre me persigue y la certeza se convierte en malestar,

en mi garganta,

en el estómago,

en el corazón que por momentos se detiene,

Por momentos...



Y sin embargo, en el miedo,

en el primitivo pánico bestial antes de la tormenta

y la amenaza de la noche que se acerca,

veo brillar el relámpago.

Un instante,

un segundo,

y me digo: no todo, no todo está perdido,

aún queda esperanza,

aún queda una luz al final del camino.



Luz, 2007




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