
Rimas.
¡Nuevamente la noche! ¡nuevamente el día!
nuevamente la vida, repetida.
Ayer, hoy, mañana, y el tiempo que se escapa.
¿Quién soy? ¿fuí alguna vez?
¿seré otra vez la misma, infinitas veces abatida?
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Laberinto de ideas, una maraña,
¿cómo juntar a un tiempo:
igualdad, desequilibrio, aceite y agua?
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¿Qué haré yo ahora con estas manos mías?
con estas manos mías tan frías,
con estas manos mías que se extienden tan frías, tan vacías.
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¿Porqué me hiciste un corazón tan grande,
un amor tan inmenso?
¿porqué me formaste cáliz lleno del más dulce vino,
si no habría nunca nadie que gustase conmigo?
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Batallas.
Al anochecer la soledad me invade.
La tristeza que durante el día concedió un breve tregua,
regresa con más y mejores refuerzos a retomar de nuevo sus trincheras.
La llegada de las sombras debilita y acaba por vencer
las pocas defensas que había creado mi entereza.
Los recuerdos vienen a mí una y otra vez,
recuerdos amargos, tristes,
con sabor a lágrimas y sollozos callados.
Con el sabor de mis angustias y mis miedos,
de mis dolores,
de mis desvelos.
Y entre la soledad, la noche y los recuerdos,
vuelve a ganar la batalla el sufrimiento.
Y como cada noche, vencida y fatigada,
contemplo los despojos de mi alma devastada.
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Esperanza.
La oscuridad se cierne en nuestro mundo,
lo presiento,
lo sé.
La incertidumbre me persigue y la certeza se convierte en malestar,
en mi garganta,
en el estómago,
en el corazón que por momentos se detiene,
Por momentos...
Y sin embargo, en el miedo,
en el primitivo pánico bestial antes de la tormenta
y la amenaza de la noche que se acerca,
veo brillar el relámpago.
Un instante,
un segundo,
y me digo: no todo, no todo está perdido,
aún queda esperanza,
aún queda una luz al final del camino.
Luz, 2007
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