
LA HERENCIA DE LA ABUELA.
Los niños se alejaron de la mirada vigilante de las madres y dieron con el pozo medio cubierto por la maleza y la yerba que acaba por apoderarse de cualquier lugar abandonado. El brocal de ladrillos cubiertos de verdín, y algunos prontos a desprenderse, se levantaba del suelo a la altura perfecta para que pudieran encaramarse y escudriñar el oscuro agujero que olía a humedad, a plantas podridas...y a panteón.
Los niños se alejaron de la mirada vigilante de las madres y dieron con el pozo medio cubierto por la maleza y la yerba que acaba por apoderarse de cualquier lugar abandonado. El brocal de ladrillos cubiertos de verdín, y algunos prontos a desprenderse, se levantaba del suelo a la altura perfecta para que pudieran encaramarse y escudriñar el oscuro agujero que olía a humedad, a plantas podridas...y a panteón.
Eso fue lo que hizo que los entusiastas exploradores se retiraran arrugando la nariz: “aquí huele a panteón”, recordando cuando eran llevados a las obligadas visitas a las tumbas familiares y mientras los mayores se quedaban serios, con cara de aburrimiento cruzados de brazos ante las cruces y la tierra recién regada de los abandonados sepulcros, ellos correteaban entre los monumentos y lápidas y aprendían a reconocer el olor de agua estancada y podrida en donde varas mustias y marchitas indicaban el olvido de los vivos hacia los que se habían marchado. Y así olía el pozo –dijeron- sólo que más reconcentrado, más antiguo, ¿más triste quizá?
Sólo uno quedo, y eso fue porque cuando estaba por retirarse igual que los otros, un pedazo de tabique cayó hacia el fondo y mientras rebotaba el creyó escuchar algo como un murmullo apagado que el eco repetía una y otra vez. Y en ese murmullo se le ocurrió que tal vez alguien podría estar ahí abajo, asomado a un brocal igual que él (o al revés) y tal vez, al igual que él, había tirado al fondo alguna piedrecilla como respuesta a la que, involuntariamente, él había dejado caer.
Y si era así ¿cómo sería esa vida en el fondo de un hoyo oscuro y resbaloso? Ahora, inclinado aún más, ya no sentía tanto (o ya no lo percibía asi) el olor a podredumbre, más bien le llegaba una especie de vaho o exhalación cálida y dulzona.
¿Cómo sería el fondo de los fondos de ese pozo? El anterior murmullo ya no lo era. Si prestaba atención distinguía voces, como cuando varias personas hablan al mismo tiempo pero están tan lejos, o hablan tan quedo, que no se alcanza a distinguir lo que dicen. Ah sí, era más bien como las veces en que la abuela lo había llevado a rezar en casa de alguien que había muerto. Todas esas mujeres rezando con un mismo monótono arrullo, en voz baja siempre y tan rápido que sólo reconocía algunas sílabas que se repetían una y otra vez: “vientre jesús...vientre jesús...vientre jesús...”
Pero eso había sido hacía mucho tiempo, la abuela había muerto y todas aquellas devociones y rezos se habían ido junto con ella. De hecho, ahora que lo pensaba, en esas visitas a los cementerios todos acababan por quedarse callados, el gesto de aburrimiento y seriedad que tenían, ¿no sería acaso más bien incomodidad por no saber que decir? Mientras la abuela vivía, todo era que ella sacara su collar de cuentecitas negras y gastadas y enseguida todos le seguían en el rezo, y acabado este se sentían satisfechos, alegres por poder retirarse y saber que habían hecho algo por el recuerdo de los que se quedaban en el panteón (por más que fueran huesos o ya ni eso).
Pero la abuela había muerto, y ahora que lo pensaba mejor, el panteón debía ser algo parecido a la negrura insondable de este pozo. El se había acercado al hoyo abierto en la tierra negra para recibir el ataúd, se asomó un poco y la tierra blanda cedió bajo sus pies e hizo que cayera, no al hoyo, pero quedó con su cara suspendida ante el hueco y sintió como subía a su nariz el mismo vaho que ahora había sentido: algo de calidez, de humedad, algo de olor a flores muertas y a hierba machacada.
Que raro que pensara ahora en la abuela, pero sí, de repente se imaginó que sería el vivir en donde la abuela, arrojada a un oscuro pozo de tierra negra y mojada. ¿Y si por casualidad la abuela, y todos los que son enterrados, en realidad no se quedarán en esas cajas angostas que les servían de ataúd? ¿Y sí, por algún extraño acontecimiento, sucediera que una vez entrando a ese lugar siguieran viviendo en otro mundo, diferente, pero en donde pudieran seguir haciendo todas esas pequeñas y grandes cosas que solían hacer mientras estaban arriba, sobre la tierra?
Y quiso seguir pensando en ello, en como podrían ser las casas, los caminos, los autos (¿habría autos allá abajo?) y pensaba también que, si todo eso fuera posible, era una gran cosa el que unos murieran antes que los otros. De esa manera podrían recibir a los que fueran llegando, tal como cuando vas a visitar a un pariente en vacaciones, no importa que lejos esté o el tiempo que tardes en llegar, como sabes que hay alguien conocido que te espera, no tienes miedo ni prisa, ni preocupación, al contrario, hay alegría en saber que te reunirás con alguien a quién no has visto en mucho tiempo.
¿O no?
Quiso seguir pensando en eso, y aún más tomando en cuenta que por fin había podido distinguir una palabra entre los ecos, eso era, repetían su nombre y ¡que casualidad! Era el mismo tono cariñoso que la abuela utilizaba para llamarlo, el mismo apodo cuando le decía “mi pedacito” “mi piloncito” , y sonrió porque de repente recordó también que la abuela siempre tenía algo en las bolsas inmensas de los delantales que usaba, y recordó que cuando exclamaba: “¡mi piloncito!” estaba ya metiendo la mano a la bolsa para sacar un dulce, un chocolate, un carrito de plástico o una bolsita de nueces. Si era bueno recordar así a la abuela y saber que si algún día a él le tocaba llegar a esa otra vida -abajo de donde todos vivían- ahí estaría ella para que no se sintiera solo ni atemorizado.
Pero ahora no podía seguir pensando mucho en eso, porque las voces plañideras seguían y eso le distraía de pensar en la abuela, y en pozos o en panteones, más bien le provocaban sueño con su bsss, bsss, bssss.
No era bueno quedarse dormido “al sereno” –como decía la abuela- cuando cansados de jugar se quedaban medio adormilados bajo un árbol o sobre la hierba, pero que más daba, ese día había sido muy ajetreado y nadie echaría de menos que se quedara un rato dormido. Hasta ahora, por lo menos, nadie había ido a buscarlo, ni había oído los gritos de su madre llamándolo y amenazando a la distancia si no acudía rápido. Mejor quedarse dormido un rato y seguir soñando con un chocolate grande y sabroso de los que solía tener muchos la abuela...o mejor aún: la colección de canicas llenas de colores que según decían, habían sido de un tío y todos los primos envidiaban.... sí, eso era mejor.
**************
-¡Que desgracia, que gran desgracia!
-Sí, Elena está deshecha, sobre todo que no se perdona el haberse descuidado así...en un momento.
-Entiendo que no estaba sola.
-No, no estaba sola, pero ya sabes. Los niños andaban de aquí allá, ni ella ni las demás pusieron atención a que faltaba uno y cuando lo empezaron a buscar ya era muy tarde.
-Pobre Elena, ¡que pérdida!
-Pues sí, ¿y ya sabes lo que dicen...?
-No, ¿qué..?
-Y bueno, ya sabes, las supersticiones..., Miguel sobre todo...
-¿Qué, qué dicen?
-Bueno, tú te acuerdas que hace un año murió la madre de Elena, la suegra de Miguel.
-Sí, me acuerdo, si yo fui al entierro –muy concurrido por cierto- era muy apreciada la señora.
-Bueno, pues este niño era su consentido. Al menos eso dicen, no lo sé, el caso es que yo también fui al entierro, y si me tocó ver cuando el chiquito casi se fue al hoyo de la tumba.
-No me digas, ¿así fue?
-Si, bueno.., un accidente, el niño era inquieto –eso ni dudarlo. Bueno, el caso es que después, cuando lo platicaban decían que la señora lo había jalado a la tumba. Ahora dicen que se lo llevó por fin.
-Por Dios!, y no me vas a decir que tú crees en esas cosas.
-Yo no creo ni dudo, sólo te platico lo que están diciendo ahora entre la familia. Miguel, que está deshecho, también culpa de ello a Elena.
-Pero por favor!, esas son estupideces..
-Pues será como tú dices, pero (y aquí la mujer bajó la voz para compartir el secreto) ¿de que otra cosa crees que me enteré?
-¿De qué?
-¿Tu sabías que a la madre de Elena se le murió un hijo también? ¿un muchachito más o menos de la edad de su nieto?
-No, no lo sabía
-Pues sí, ella lo sintió mucho y guardó muchas cosas como recuerdo (ya sabes como son las viejitas) entre esas cosas algunos juguetes. Todos los nietos acabaron por quedarse con casi todo, menos una bolsa de canicas.
-¿Canicas?
**************
-¡Que desgracia, que gran desgracia!
-Sí, Elena está deshecha, sobre todo que no se perdona el haberse descuidado así...en un momento.
-Entiendo que no estaba sola.
-No, no estaba sola, pero ya sabes. Los niños andaban de aquí allá, ni ella ni las demás pusieron atención a que faltaba uno y cuando lo empezaron a buscar ya era muy tarde.
-Pobre Elena, ¡que pérdida!
-Pues sí, ¿y ya sabes lo que dicen...?
-No, ¿qué..?
-Y bueno, ya sabes, las supersticiones..., Miguel sobre todo...
-¿Qué, qué dicen?
-Bueno, tú te acuerdas que hace un año murió la madre de Elena, la suegra de Miguel.
-Sí, me acuerdo, si yo fui al entierro –muy concurrido por cierto- era muy apreciada la señora.
-Bueno, pues este niño era su consentido. Al menos eso dicen, no lo sé, el caso es que yo también fui al entierro, y si me tocó ver cuando el chiquito casi se fue al hoyo de la tumba.
-No me digas, ¿así fue?
-Si, bueno.., un accidente, el niño era inquieto –eso ni dudarlo. Bueno, el caso es que después, cuando lo platicaban decían que la señora lo había jalado a la tumba. Ahora dicen que se lo llevó por fin.
-Por Dios!, y no me vas a decir que tú crees en esas cosas.
-Yo no creo ni dudo, sólo te platico lo que están diciendo ahora entre la familia. Miguel, que está deshecho, también culpa de ello a Elena.
-Pero por favor!, esas son estupideces..
-Pues será como tú dices, pero (y aquí la mujer bajó la voz para compartir el secreto) ¿de que otra cosa crees que me enteré?
-¿De qué?
-¿Tu sabías que a la madre de Elena se le murió un hijo también? ¿un muchachito más o menos de la edad de su nieto?
-No, no lo sabía
-Pues sí, ella lo sintió mucho y guardó muchas cosas como recuerdo (ya sabes como son las viejitas) entre esas cosas algunos juguetes. Todos los nietos acabaron por quedarse con casi todo, menos una bolsa de canicas.
-¿Canicas?
-Sí pues, te digo que las viejas cuando chochean se llenan de manías, en fin, esa bolsa de canicas no se la quiso dar a nadie. Pero...(y aquí hizo una pausa y volteó hacia donde los rezos seguían ante el ataúd chiquito y blanco) a este niño le dijo que esa bolsa de canicas sería para él.
-Bueno sí, ¿y eso qué?
-Pues que me contó el mismo Miguel, que cuando sacaron el cuerpecito del pozo tenía las manos empuñadas y apretadas, costó trabajo abrírselas, y cuando las abrieron...
-¿Qué?
-Lo que empuñaba en las manos eran dos o tres, de esas mismas canicas que su abuela guardaba y que ya le había prometido antes de morir....y que pusieron dentro de su caja cuando la enterraron.
-Bueno sí, ¿y eso qué?
-Pues que me contó el mismo Miguel, que cuando sacaron el cuerpecito del pozo tenía las manos empuñadas y apretadas, costó trabajo abrírselas, y cuando las abrieron...
-¿Qué?
-Lo que empuñaba en las manos eran dos o tres, de esas mismas canicas que su abuela guardaba y que ya le había prometido antes de morir....y que pusieron dentro de su caja cuando la enterraron.
Luz, 2007
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