
Le nombraron el guardián de la luz. Su única misión, el objeto de su vida era el preservar ardiendo aquella flama que irradiaba esa claridad deslumbrante y cálida.
Una vida de recorrer caminos. Días sin noches, siempre pendiente de llevar luz a todo lugar o ser que tuviera necesidad de ella.
No había momento de descanso, era tanta la oscuridad y las sombras del mundo.
A veces, durante las noches cerradas levantaba los ojos al cielo, trataba de mirar las estrellas; aquel lejano resplandor que alguna vez oyó nombrar. Pero sólo alcanzaba a distinguir negrura, tal era el reflejo de su preciosa carga, que oscurecía todo alrededor y ocultaba cualquier otro débil brillo.
Así regresaba los ojos al camino y seguía andando, guiándose tan sólo por las voces y murmullos que a su alrededor clamaban por una luz, una guía, un faro...
Un día, su cuerpo resintió el peso de la carga. Se dejó caer sobre el camino polvoriento y supo con certeza que su momento había llegado, la lámpara votiva que le había acompañado toda esa eternidad escapó de sus manos y de repente se vió rodeado por la oscuridad más impenetrable que nunca hubiera podido imaginar.
Sintió vértigo, el sudor frío y pegajoso del miedo le invadió y quiso gritar..,
un gemido entrecortado salió de su garganta reseca.
Extendió sus manos, aquellos huesos engarfiados por el constante cargar de su tesoro, y en la oscuridad, sintió el contacto de otras manos.
Y aquellas manos se volvieron sustancia, peso, el volumen de otros cuerpos que alzaron su mísera figura del lugar en que había caído.
Alcanzó a escuchar voces que con acento de conmiseración hablaban de su penosa condición, y sintió en los resecos labios el contacto fresco del agua que acercaron a su boca. Entonces, recién entonces pudo hablar: "luz, por favor.., acercarme a la luz..."
Y volvió a escuchar la misma voz que con aire de lástima decía: Pobre, a saber desde hace cuanto, es que ha perdido los ojos...
Tardó un minuto (o una eternidad) en juntar fuerzas para llevar sus manos temblorosas hasta el rostro. Los dedos deformados, recorrieron poco a poco el camino del mentón, la boca, mejillas y nariz hasta llegar hasta donde un hueco, profundo, doloroso, y de bordes deformes era lo único que quedaba para recordar el lugar en que debería haber unas pupilas.
Pregunté por su nombre, nadie lo supo de cierto, por eso, en el lugar donde le enterraron, sólo pusieron la última frase que le escucharon pronunciar: "luz.., acercarme a la luz"
luz, 2010

