martes, 26 de enero de 2010

LUZ






Le nombraron el guardián de la luz. Su única misión, el objeto de su vida era el preservar ardiendo aquella flama que irradiaba esa claridad deslumbrante y cálida.
Una vida de recorrer caminos. Días sin noches, siempre pendiente de llevar luz a todo lugar o ser que tuviera necesidad de ella.
No había momento de descanso, era tanta la oscuridad y las sombras del mundo.
A veces, durante las noches cerradas levantaba los ojos al cielo, trataba de mirar las estrellas; aquel lejano resplandor que alguna vez oyó nombrar. Pero sólo alcanzaba a distinguir negrura, tal era el reflejo de su preciosa carga, que oscurecía todo alrededor y ocultaba cualquier otro débil brillo.
Así regresaba los ojos al camino y seguía andando, guiándose tan sólo por las voces y murmullos que a su alrededor clamaban por una luz, una guía, un faro...

Un día, su cuerpo resintió el peso de la carga. Se dejó caer sobre el camino polvoriento y supo con certeza que su momento había llegado, la lámpara votiva que le había acompañado toda esa eternidad escapó de sus manos y de repente se vió rodeado por la oscuridad más impenetrable que nunca hubiera podido imaginar.
Sintió vértigo, el sudor frío y pegajoso del miedo le invadió y quiso gritar..,
un gemido entrecortado salió de su garganta reseca.
Extendió sus manos, aquellos huesos engarfiados por el constante cargar de su tesoro, y en la oscuridad, sintió el contacto de otras manos.
Y aquellas manos se volvieron sustancia, peso, el volumen de otros cuerpos que alzaron su mísera figura del lugar en que había caído.

Alcanzó a escuchar voces que con acento de conmiseración hablaban de su penosa condición, y sintió en los resecos labios el contacto fresco del agua que acercaron a su boca. Entonces, recién entonces pudo hablar: "luz, por favor.., acercarme a la luz..."
Y volvió a escuchar la misma voz que con aire de lástima decía: Pobre, a saber desde hace cuanto, es que ha perdido los ojos...

Tardó un minuto (o una eternidad) en juntar fuerzas para llevar sus manos temblorosas hasta el rostro. Los dedos deformados, recorrieron poco a poco el camino del mentón, la boca, mejillas y nariz hasta llegar hasta donde un hueco, profundo, doloroso, y de bordes deformes era lo único que quedaba para recordar el lugar en que debería haber unas pupilas.

Pregunté por su nombre, nadie lo supo de cierto, por eso, en el lugar donde le enterraron, sólo pusieron la última frase que le escucharon pronunciar: "luz.., acercarme a la luz"


luz, 2010

miércoles, 13 de enero de 2010

IN MEMORIAN







No había visto nunca llorar a mi padre. Un hombre recio; más bien seco, distante.., cariñoso con nosotros, sin duda, pero poco dado a expresarlo.
No pensé que esos ojos siempre fríos pudieran llorar como nosotros cuando caíamos, o recibíamos un regaño, o por un berrinche nuestra cara se volvía un escurrir de lágrimas sobre unas mejillas calientes y enrojecidas.
Tampoco se me ocurrió nunca, que lo vería tal como un semejante, exactamente como un niño que acaba de caer, o que ha sido tan duramente regañado que su cuerpo se encoge y toda su figura es la viva imagen de la tristeza y el temor por lo que puede venir y no se sabe.

Pero eso pasó cuando murió mi abuela, su madre. Y asi fue que lo vi, en aquel momento en que, tapada la fosa, se dejó caer sobre aquella lápida cercana y el abrazo de mi madre no alcanzó a contener la inmensa tristeza de aquel hombre-niño que de pronto se derrumbó despojado y temblando de soledad y frío.

*

Mi abuela murió cuando yo tenía 9 años; una agonía larga, consumida por la diabetes, ciega ya y con todas las complicaciones posibles, aún duró días en una cama, inconciente y emitiendo una especie de gruñido ininteligible que se oía día y noche, sin descanso. Ese sonido sordo y monótono era lo único que se escuchaba por momentos. Gente entraba y salía como lo harían en un templo, de puntillas y hablando en voz baja como si las voces o los ruidos pudieran perturbar a la enferma que, sumida en su letargo, no se sabía si todavía estaba ahí, o aquello sólo era un montón de carne y vísceras que empezaban ya a descomponerse en esa cama.
Pero en ese tiempo, todo eso me era ajeno.
Por alguna extraña razón, no identificaba yo ese cuerpo agonizante con mi abuela. De alguna manera, en mi mundo particular, mi abuela seguía de pie, en algún lugar de la casa haciendo lo que siempre hacia.
Yo esperaba verla en su habitación, cosiendo alguna ropa (siempre había algo que coser, siempre.., invariablemente..); en la cocina, limpiando verduras, lavando trastes, cocinando alguna de las cosas que le gustaba ofrecernos; en el patio, entre sus macetas sacando hierbas malas y trasplantando brotes y retoños; entrando por la puerta, con aquella bolsa de colores fosforecentes llena de cosas del mercado que conseguía tras largos ratos de plática y regateo con los "marchantes"

*

Viví con mi abuela desde siempre, desde que tengo memoria. Ella me recibió en sus brazos cuando mi madre partió al hospital con fiebre puerperal después de parirme. Preocupada por que muriera "en pecado" (católica ferviente) me llevó esa misma noche a bautizar y fue por lo tanto mi madrina y quién escogió el nombre que llevo. Después, recuerdo su mano curtida que me llevó tantas veces: al mercado, al parque, a la iglesia. Me enseñó a rezar y durante el mes de mayo, me vestía de blanco para llevar flores a la virgen, todas las tardes.
Criaba pollos, guajolotes, patos.., me enseñó a oxear a las gallinas y patas y guajolotas para encerrarlas a tiempo de poner los huevos. Con ella descubrí a un pollito todo mojado saliendo de su huevo y tal vez ahí fue que comencé a mirar a los animales como parte de la familia.
Me enseñó muchas historias, en las tardes en que pasaba con ella aprendiendo a tejer, a coser, a bordar. Me habló de los antepasados, de las apariciones, del árbol genéalogico y tantas cosas que a esa edad ( y aún ahora) me tenían todo el tiempo con los ojos muy abiertos y mi imaginación dando vueltas por todo lo que ella describía.
Y le gustaba escucharme, aún cuando yo no sabía que decir, o que contar, ella decía: "cántame una canción" y asi, también se quedaba mucho rato sin decir nada, medio sonriendo al mirarme mientras yo "cantaba" para ella.

*

El día que enterraron a mi abuela, regresamos a casa. Yo aún con la impresión de haber visto a mi padre como nunca pensé, con el primer gran dolor de mi niñez, cuando me acerqué a él y le abracé, pensando que mi sólo contacto le aliviaría y cuando sentí mi corazón encogerse al ver que no fue asi, que mi presencia y mi caricia no le alcanzó en ese momento para paliar su propia pena.
Y cuando por fin entramos a la casa, me fui directo al banco de mi abuela, justo al centro del patio, bajo la higuera que ella había plantado un día, hacía muchos, muchos años.
Cuando vi el asiento vacío, supe, que ya no regresaría.
Hasta ese momento, supe que mi abuela había muerto.

*

luz, 2009

viernes, 8 de enero de 2010

DESICIONES




Una desición: la elección entre dos o más opciones que hay que tomar para poder proseguir una tarea, un camino, una empresa.
Imagino que voy en una vereda recta, sin desviaciones ni caminos aledaños, aún asi, habría que tomar en algún momento la desición de parar, o de ir más despacio.., o más de prisa; detenerse un momento o continuar. Aún con una ruta trazada surgen imponderables, incidentes o situaciones inesperadas, fortuitas, que te forzan a decidir sobre la marcha. A veces, inclusive se tiene que postergar el fin último, para poder sortear el obstáculo y, en infinidad de ocasiones, ese obstáculo llega a convertirse en el fin de la jornada, y el objetivo final acaba abandonado para siempre; y todo por una desición hacia uno u otro lado.

En un instante puede cambiar todo, a veces, es entretenido en ratos de ocio el regresar en la memoria por el sendero que nos trajo hasta el instante y el lugar en que nos encontramos y nos podemos dar cuenta de los pequeños incidentes, de los detalles, nimios o imperceptibles en su momento, que torcieron nuestra ruta hasta irnos guiando a un punto más o menos alejado de los que en un principio podíamos haber planeado, o deseado. Ahí pronunciamos esa partícula condicional que nos remonta a todo un universo imaginario, paralelo al que vivimos, sólo con hacernos la pregunta-reflexión: "¿Y si...?"

¿Y si en lugar de haber dicho sí, hubiera dicho no..? ¿Y si en lugar de permanecer callada hubiera hablado? o su contrario...¿si me hubiera callado en aquel momento, en lugar de decir lo que pensaba..?
Cuántos escenarios tan distintos nos imaginamos al pensar en la opción u opciones diferentes a la que tomamos en aquel instante; cuántas situaciones más felices, más afortunadas, más provechosas; cuántos sinsabores, cuántas lágrimas ahorradas -pensamos-, pero esto también es un engaño.

La realidad es que no sabemos tampoco, que otros acontecimientos pudieron desencadenarse con una desición diferente a la tomada. No podemos imaginar siquiera, que situaciones se desprenderían de una suposición, de una especulación.
Ni siquiera podemos apostar por nuestra propia conducta, por nuestros propios alcances o motivaciones, mucho menos por el universo a nuestro alrededor que también obedece a reglas inherentes e independientes de nuestra competencia.
No hay manera de saber entonces, si una desición diferente, nos habría puesto en un lugar mejor, o en una situación más venturosa. Todo se circunscribe a un mero cálculo optimista, un "tal vez.." que tiene más características de auto de fé que de pragmática.

Pero esto mismo nos da un rayo de luz, nos puede ayudar a recuperar el optimismo o la entereza cuando nos vemos vencidos por acontecimientos que no pueden ser responsabilidad más que cada quién y sus personales desiciones.
Cuando nuestro espíritu se encuentra abatido, aniquilado por el peso de una desición que nos lastima, que nos duele, o de la que recibimos el resultado en horas de angustia, de insatisfacción o de fracaso y no podemos más que decir: "esto fue mi desición.."
Pues si, es nuestra desición, la libertad soberana que tenemos de optar por una u otra opción; la oportunidad de poner en práctica nuestra capacidad de raciocinio, de analísis, y también nuestra carga de emociones, de sentimientos, de impulsos que no pueden llamarse totalmente racionales, pero que no por ello dejan de ser parte nuestra -y muy determinante-. Todo lo que nos define como seres humanos, y que nos da identidad.., y valor.

Son nuestras desiciones, correctas o no, pero son nuestras. Es lo que hacemos con lo que tenemos a la mano, con las herramientas con las que contamos, con nuestro poco o mucho bagaje de aprendizaje y vivencia, y son las que al final, pasarán también a formar parte de ese cargamento que algunos llaman experiencia.

Todos los días, en cada momento del día tomamos desiciones, grandes o pequeñas, algunas que pasan inadvertidas ( y pueden ser fundamentales) y otras que nos parecen desiciones de vida y que al final pueden resultar irrelevantes.
Hoy he tomado una desición más, no sé en realidad a donde me llevará el paso que he dado en otra dirección, y no puedo evitar la aprensión en mi corazón por lo que dejo atrás. Pero hoy sé que, sea lo correcto o no, me siento satisfecha por tener la libertad y la voluntad para decidir por mí misma, y sé también que, pase lo que pase, sabré siempre que tuve la opción de decidir..y así lo hice.



luz, 2010