La luz del sol lastima.
Lenguas de fuego sobre la carne viva;
las piedras redondas de este largo sendero
filosas navajas en las desnudas plantas.
No hay consuelo en el llanto.
En esos ríos de sal que recorren mis llagas.
Y aquella multitud,
esa masa uniforme
que recorre el camino codo a codo conmigo,
cuchichea...
"¡Mírala,
que feliz,
que gallarda,
cuánto aplomo en su paso,
que sonrisa constante le ilumina la cara!"
Sí, es verdad,
nadie sabe el dolor que nos carcome el alma.
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Después de una eternidad
(o acaso unos segundos)
abrió los ojos,
y entre la bruma acuosa y salobre que los empañaba
alcanzó a distinguir un tono ambarino,
una claridad tamizada de herrumbre,
de vejez.
Aún así,
aún esa luz tan apagada, tan sin brillo,
lastima al percibirla.
En un segundo regresa el dolor,
el miedo,
la angustia que aparece sin saber cómo ni porqué;
y vuelve a cerrar con fuerza los párpados.
Se abandona con ansiedad,
¿un minuto.., dos...?
toda una vida en ese éter silencioso y calmo
en donde nada,
ni un sonido, ni un olor, ni una textura le lastima.
En ese "no-ser" en que como una minúscula
partícula ha escogido vivir.

