Para Mimí y Nat, ángeles de luz.
I. El encuentro
Había una vez, en un pequeño reino lejano y medio escondido en un paraíso rodeado de selvas y bordeado por el mar, una niña muy hermosa. Quién la conocía, quedaba encantado con su apariencia.
Mucho tenía que ver con sus delicadas facciones y su figura lánguida y elegante.
En su tierra, la mayoría de las personas eran de complexión fuerte, duros y ágiles porque estaban acostumbrados a vivir entre los verdes bosques tropicales. Grandes extensiones de puro verdor y sabanas agrestes donde los horizontes se juntaban con el cielo. Y el mar,
aguas embravecidas y frías, que retaban siempre el valor y la destreza de los marineros y los habitantes de la costa, gente alegre que, sin importar las circunstancias buenas o malas, siempre se mostraba agradecida y feliz de habitar en un país que lo tenía todo y era generoso con ellos.
Pero ella..., ah, lo olvidaba, no había mencionado su nombre, ¿cierto? esta niña se llamaba Nhoé.
Y en fin, Nhoé no parecía hija de su reino. Su piel muy blanca, su cabello negro y fino, como un velo translúcido que cubría a medias unas facciones delicadas y afiladas que parecían hechas de mármol, o más bien, de ese material llamado alabastro.., una especie de marfil que, si lo miras con atención, parece irradiar una suave luz desde su interior. Una luz ámbar y mate que te hace pensar en el débil brillo de una perla.
Su figura era grácil pero tenía una especie de languidez y mesura, tomaba su taza, por ejemplo, y parecía que todo lo hacía en pausas, suspendiendo sus acciones fracciones de segundos de tal suerte que, sin que eso fuera un hecho, era como detener el tiempo y sus gestos entonces venían a ser como una serie de imágenes suspendidas en el espacio.
Esto último tenía una razón. Una razón que no era motivo de alegría, por el contrario, la pequeña Nhoé sufría de una enfermedad extraña.
Sus padres, amantes y preocupados por ella, habían agotado recursos y consultado a los mejores sabios del país tratando de encontrar una cura para el mal que le aquejaba. Una aflicción dolorosa la mantenía postrada por temporadas, no toleraba la luz del sol, ni los sonidos que le prodigaba la naturaleza maravillosa a su alrededor, no soportaba a veces, ni siquiera la dulce voz de sus padres y hermanas que trataban de consolarla y llevarle alegría y distracción a su cama de enferma.
Llorosa y dolorida, pedía que la dejaran sola y cerraran ventanas, apartaran las luces de los candelabros y silenciaran todos los sonidos que pudieran llegar a sus habitaciones. Sólo podía encontrar un poco de alivio en la oscura soledad de una habitación alejada de cualquier bullicio. Cuando por fin superaba un poco estas crueles crisis, se mostraba más pálida aún, más demacrada, más débil...
Sin embargo, en sus días de salud, era tan vivaz y alegre como cualquier joven podía serlo, entre sus muchas aficiones se encontraba la de leer. Se le podía ver siempre con un libro en brazos, lista para perderse en aventuras fantásticas, viajar a lugares lejanos y misteriosos, tomar el lugar de personajes románticos, arrojados, valientes o sabios.., todo ello gracias a la magia de sus queridos libros. Alguien hubiera podido decir que era su ese, su verdadero
amor: la lectura. Pero en realidad, Nhoé amaba algo más, ella amaba a los caballos.
En su hogar, sus padres no habían cumplido el deseo de su corazón de tener un caballo, pero ella, secretamente, alentaba la esperanza de algún día poder tener uno y cabalgar por las praderas, entre los árboles, a la orilla del mar en una de estas magníficas y hermosas criaturas.
No sabía porque tenía esa especial predilección, porque ella era un alma sensible, un corazón generoso que se conmovía lo mismo por un gusano que trepaba entre la hierba, o un perro, gato..., cualquier animalito o ser vivo que miraban sus ojos, le producía ese cariño y
ternura que sólo las almas puras poseen. Esa sabiduría que tienen los niños, de reconocer la hermandad y la unidad de toda la creación en uno mismo, esa magia que vamos perdiendo con los años, al mismo tiempo que la inocencia, esa magia que muy pocos adultos poseen.
Un día, tuvo una pista del motivo de su atracción por los caballos.
Era un día cualquiera, se encontraba a medias animada en salir de sus habitaciones después de una noche de insomnio y dolores que la habían dejado fatigada. Pero sus hermanas, llenas de buenas intenciones y amor por ella, habían peinado su cabello y arreglado su mejor vestido para llevarla a dar un paseo por el campo.
-Es un día precioso querida Nhoé -decía una-, verás que el calor del sol te sentará muy bien. La brisa es muy suave, y tiene los perfumes de la hierba y el trébol que crece en el sendero. Estoy segura que no querrás regresar a casa.
Y todas sonreían y llenaban a su pequeña hermana de mimos y caricias tratando de infundirle valor y esperanza. Por esa razón es que Nhoé se decidió a complacer a sus hermanas y apelando a toda su entereza, se dispuso al paseo.
En verdad, el día era espléndido. Tal parecía que la naturaleza se había puesto de acuerdo para regalar a la joven con uno de sus mejores trajes. El sol brillaba, tibio y luminoso en un cielo tan azul que parecía un espejo de agua cristalina. Entre la hierba, volaban pequeñas mariposas blancas que iban como una parvada de pájaros y que a lo lejos, parecían jirones de blancas nubes volando al ras del camino, de forma caprichosa y ágil, como llevadas por la
misma suave brisa que refrescaba su rostro y jugueteaba con algunos mechones en su frente.
Entre las copas de los árboles, los gorjeos de pequeños pájaros llamando a sus madres formaban un coro que -sin ser trinos- llenaban el corazón de regocijo ante la maravilla de la naturaleza y sus criaturas.., todo ello, invitaba a la alegría, a la gratitud por la vida, al amor a la creación.
Pero Nhoé no pudo continuar por mucho rato, su debilidad era mucha aún y pidió regresar. Mirando que, efectivamente parecía muy cansada, sus hermanas decidieron regresar a casa por un carromato y no tuvieran que hacer el camino de vuelta a pie. Nhoé entonces les
sugirió que regresaran y la dejaran un momento a solas, en el campo.
-¡Pero no querida, ni pensarlo! Cómo podríamos, alguien se quedará contigo y las demás iremos por el carro. Quedarte sola, ni hablar.
-No pasará nada, verás que será sólo un momento y además, no iré a ningún lado, me quedaré justo aquí sentada en este lugar mientras regresan. Tú misma lo dijiste, todo esto me hace mucho bien.
Hablaba tan convencida y sus ojos eran tan serenos ...
-¿Estás segura querida...?
-Sí, muy segura, ve..anda. Yo esperaré aquí...
A regañadientes las hermanas se alejaron, todavía podía oír sus voces haciéndole recomendaciones a gritos, cuando se perdieron en el camino. Entonces Nhoé se quedó sola y cerró los ojos.
No supo exactamente cuánto tiempo pasó, pero creyó escuchar un susurro, el rumor de una voz, pero no pudo distinguir alguna palabra.
Abrió los ojos y no vió nada, el paisaje era el mismo, nadie a los alrededores. Volteó la cabeza, hacia un lado, el camino seguía serpenteando entre los árboles, por otro lado se extendía la suave pendiente de la pradera y entonces lo vió. Era el caballo más hermoso
que alguna vez había visto, completamente blanco, salvo por las crines y la cola, que eran de un azabache magnífico. "¡Qué hermoso es!-pensó Nhoé, pero que extraña combinación de colores, definitivamente no creo que haya otro igual" y mientras esto pensaba, se iba acercando hacia el enorme animal que la miraba con sus grandes y negros ojos, líquidos y mansos como uno de esos lagos en lo profundo de la selva, que sólo tiemblan ante el reflejo de las estrellas y la luz de la luna.
En verdad era enorme, al llegar junto a el, Nhoé se dió cuenta que su cabeza llegaba con trabajo al cuello del soberbio animal que, sin embargo, no parecía extrañado ni nervioso por la cercanía de la menuda jovencita que le sonreía mientras acariciaba el brillante pelo
de su pata.
-Eres muy hermoso, ¿qué haces aquí? ¿donde están tus amos?
Entonces el noble animal agachó la cabeza y la puso muy junto a la de Nhoé, casi apoyándola sobre su frágil hombro.
-Yo no tengo amos pequeña Nhoé, yo soy un ser libre y he venido para hacerte un regalo..., y darte un mensaje.
-.-
Nhoé despertó en su cama, en los primeros instantes no recordó cómo había llegado hasta ahí, ni tampoco el extraño suceso que le había provocado tal emoción y espanto que le hizo perder la conciencia.
Poco a poco, fue recordando su aventura y se frotó los ojos con fuerza, pasó su mano por la frente y se dijo entonces que todo debió haber sido un sueño. Sonrió, "a pesar de todo -murmuró- un bello sueño..."
Se levantó para ir a la ventana, ya era noche cerrada, había dormido tal vez todo el día. Pero en ese momento había en el exterior un suave resplandor de luna, porque se encontraba llena y el blanco disco brillaba en la inmensidad del cielo, acompañada de una multitud
de pequeñas estrellas que encendían y apagaban como esas luces multicolores de los carnavales, sólo que éstas eran del mismo tono blanco y brillante de la luna.
¡Qué hermoso el paisaje! todo iluminado por esa misma luz tenue y plateada, y entre los arbustos y las ramas bajas de los árboles, muchas pequeñas estrellas habían descendido del cielo y danzaban persiguiéndose entre la oscuridad del prado, pero esos eran los bichitos de luz que salían por las noches a zumbar e iluminar los arbustos y senderos.
Entonces volvió el sobresalto, había visto (o creído ver) una sombra que se deslizaba entre los árboles. Una figura alta y fuerte que caminaba sin prisa, justo hacia la colina en donde había tenido lugar su sueño. Sin mucho pensarlo, sin siquiera calzar unas sandalias o cubrirse con un chal, abrió la puerta y se lanzó hacia la noche.
Cuántos pequeños ruidos nocturnos, cuántas criaturas maravillosas vivían y despertaban justo cuando ella, encerrada en su habitación, luchaba por dormir. La hierba fresca acariciaba sus pies desnudos y le producía cosquillas, una sensación placentera que le recordó sus días de niña, cuando ninguna aflicción la agobiaba, cuando todas sus preocupaciones consistían en perseguir una mariposa esquiva o el no poder seguir leyendo su libro favorito porque había que ir a dormir.
Los bichitos de luz la rodeaban e iluminaban el sendero, le descubrían la casita de un gnomo, justo ahí, entre los hongos que crecían escondidos entre los troncos. Más adelante, un par de ojitos curiosos saltaban en el camino, un peludo conejo se le adelantaba dando fuertes saltos. La lechuza la saludó desde lo alto de una rama: huu-huuu-huuu! y sus enormes ojos se entornaron para mirarla bien.
El corazón de Nhoé estaba rebosante de dicha, no sentía ningún dolor, ninguna pena, ningún miedo. Su sonrisa era enorme, abrió sus brazos y dió vueltas porque no encontraba otra forma de expresar la alegría que sentía en ese momento.
-Eres más bonita aún cuando sonríes, deberías intentarlo más seguido...
El sobresalto volvió enseguida, por instinto se puso en guardia, dió vuelta rápidamente para mirar quién había dicho eso y se encontró de frente con el causante de que hubiera salido así, desprotegida y sola enmedio de la noche.
Era un joven muy alto, o al menos eso le pareció a primera vista, ya que ella se había encogido un poco presa del temor. Pero en cuánto lo fue mirando un poco más, pudo notar que en realidad sus ojos eran gentiles, muy grandes, negros y profundos, espejeaban como aquellos lagos...
-¿Quién eres..? ¿Qué buscas aquí...?
-No tengas miedo. No te haré daño. Me gusta la noche, la luna.., encuentro que caminar a su luz es un remedio eficaz para muchas aflicciones. Es, una especie de terapia, ¿qué piensas tú?
Pero Nhoé no podía pensar, ya no era miedo lo que sentía, pero permanecía un vago sentimiento de angustia, de aprensión, la sensación de que se encontraba ante algo que -aún sabiendo que no la dañaría-, no dejaba de ser desconocido y por lo tanto, peligroso quizá.
Para peor, el muchacho frente a ella, parecía -de alguna manera que no podía explicar ni asegurar-, parecía sí, saber lo que estaba pensando, lo que sentía a cada momento. Porque su mirada se volvía más dulce y comprensiva por momentos, de sus labios no se deshacía
una sonrisa dulce y cálida que inspiraba confianza. El vientecillo nocturno, sin ser tan fuerte, revolvía sus cabellos largos y negros, tan negros como el azabache y por momentos cubrían parte de su rostro, que sin embargo, no parecía alterado en modo alguno.
-No tengas miedo. Escucha, ¿quieres volver a casa? es tarde y seguramente tienes ya los pies helados...
Nhoé, avergonzada, trató de esconder sus desnudos pies poniendo uno sobre otro, lo hizo tan rápido y de tan mala manera que estuvo a punto de caer, el joven dejó escuchar entonces una risa franca y contagiosa.
-Vamos, te acompañaré. Debes regresar en una sola pieza.
Sus ojos eran tan generosos y limpios que Nhoé entendió que no se burlaba, por el contrario, había en él un verdadero sentimiento de simpatía y amistad. Por fin le devolvió la sonrisa y deslizó su brazo por el que el apuesto desconocido le ofrecía.
Mientras caminaban, ella pensaba que no le había contestado sus preguntas, no sabía quién era, no sabía que hacía ahí, en los prados que rodeaban la casa de sus padres y tampoco, de donde había venido.
Muchas preguntas.
Levantó la vista para buscar el rostro de su acompañante, él también la miró y volvió a sonreírle, en ese sólo gesto ella sintió que no tenía derecho a preguntar, o, más bien, que
no había necesidad. "¡Qué extraño es todo esto!" -pensó.
Y de pronto estaban ya frente a su puerta, el joven volteó y tomó su mano:
-No tengas miedo de mí pequeña Nhoé, yo he recorrido un largo camino para llegar a tí, te traigo un regalo.., y un mensaje. Nos volveremos a ver.
-Pero..¿cómo?, ¿cuándo..?, ¿cómo es que sabes mi nombre...?
-Sé muchas cosas de tí, sé, por ejemplo, que te gustan los caballos...
-.-
(continuará...)
luz, 2014
