viernes, 13 de julio de 2007

LAZARA.




LAZARA


“Y habiendo dicho estas cosas, clamó a gran voz: Lázaro, ven fuera.
Y el que había estado muerto, salió, atadas las manos y los pies con vendas; y su rostro estaba envuelto en un sudario. Díseles Jesús: desatadle, y dejadle ir.”
Evangelio de San Juan, 11-43,44



Lázara llegó un día a nuestra casa de la manera más común, que no por ello menos injusta y cruel: en algún momento, un ser irresponsable e inhumano la abandonó a su suerte y quedó sola con la calle como único refugio.
No sé cuanto tiempo vagó o que distancia recorrió antes de que su cuerpo cansado, herido y enfermo se negara a llevarla más lejos de nuestra calle. Tal vez sintió que el hueco bajo la camioneta de mi padre era un buen lugar para descansar por fin.
Recuerdo muy bien la primera vez que la vi...¡así fue el susto que llevé!


Lázara era un costal de huesos forrado con una piel de elefante, completamente agrietada y seca que, abierta en muchos lugares, sangraba o se desprendía en purulencia. No tenía un solo pelo en su cuerpo. Hecha un ovillo junto a un auto, tan quieta que parecía muerta.
Cuando la vi solté una exclamación más de susto que de sorpresa, Lázara reaccionó y muy despacio levantó su cabeza y me miró...nunca olvidaré esa mirada ¡cuánto me dijo en ese momento! Entre toda su miseria, los ojos de Lázara conservaban la luz de su inteligencia, de su bondad, de su fidelidad; aún cuando entonces se mezclaba en su mirada el miedo, dolor, hambre y un gran sufrimiento físico.


Pensé que alguien de la cuadra la había bautizado como “chupacabras” por su aspecto y su olor. En verdad causaba una impresión desagradable el verla, y eso parecía suficiente razón para que cualquiera la apedreara y pateara tratando de ahuyentarla de la cuadra. Así, durante el día, Lázara levantaba sus huesos y vagaba por los alrededores esquivando golpes y pedradas, y al llegar la noche regresaba al refugio de los autos estacionados en la calle.


Pero sus fuerzas eran pocas y llegaron días en que no pudo alejarse más que unos pocos metros y permanecía echada tratando de pasar inadvertida y evitar así el riesgo de los golpes. Ahí fue cuando la conocí y fue entonces que decidí alimentarla y tratar de que, lo que creímos sus últimos días, fueran menos penosos. Improvisamos entonces un refugio con tablas en la calle fuera de nuestra casa (el olor era penetrante y mi madre se negaba rotundamente a tenerla en su patio), sin embargo nos llevamos gran sorpresa al ver desaparecer por tres veces consecutivas las tablas de su improvisada “casa” (los vecinos, que no soportaban el olor y aspecto de Lázara, no hacían gestos para llevarse los materiales de su humilde refugio). Por otro lado, algunos vecinos preocupados por la salud de sus hijos tomaron la iniciativa de llamar a la perrera para que se la llevara y “limpiar nuestra calle de esa porquería”. ¿Qué hacer?, bueno, pues a grandes males, grandes remedios: en ausencia de mi madre y con las precauciones del caso, le abrimos la puerta de la casa a Lázara y comenzamos lo que sería su largo e increíble camino a la resurrección.


Lo primero claro, un baño, pero tomando en cuenta todo el tratamiento indicado por el profesional para el caso. Así, bajo la gruesa capa de polvo, sangre seca y suciedad encontramos varias cosas: Lázara era hembra, le faltaban todos los dientes frontales, que a juzgar por la fractura, parecía ser el resultado de un fuerte golpe en el hocico; en su vagabundeo había sido atropellada o golpeada y tenía fracturada la pata posterior derecha; también parecía estar en celo pues la vulva se veía algo hinchada y sangraba un poco. ¡Demasiados problemas!, sin contar su terrible desnutrición y su edad, la cual no podíamos determinar con exactitud. Sin desanimarnos decidimos ir paso a paso, resolviendo las situaciones como se fueran presentando.


Después de un mes Lázara había cambiado de piel y el mal olor se había ido por fin. Las opiniones de los médicos veterinarios consultados coincidieron en que no esperáramos milagros: podría quizá mejorar de sus heridas, pero su piel, había resultado tan profundamente dañada que lo más probable era que nunca le creciera pelo de nuevo. Nos conformamos de cualquier modo al ver que parecía un cerdito recién nacido, todo rosado con una piel lisa y suave. Comía con apetito y empezó a engordar y un día –como hierba en el campo- comenzó a brotar una pelusita blanca por todo su cuerpo: ¡sorpresa! Lázara era una Samoyedo de pelo largo que estaba volviendo a nacer.


Todavía quedaban, sin embargo, situaciones que resolver. El celo ya le duraba algo más de tres meses en forma intermitente; nueva consulta y nuevo diagnóstico: tumor vulvar y probablemente quistes ováricos. Ya estaba algo más fuerte, así que Lázara entró al quirófano para que le practicaran la esterilización y le removieran el tumor. No era del todo seguro, todavía estaba débil, y no había manera de saber si su cuerpo maltratado resistiría pero no había opción y con palabras de aliento y sonrisas la despedimos rogándole que volviera sana y salva con nosotros.


Y así lo hizo, regresó a nosotros y rápidamente recobró la alegría, y cuando más tarde fue operada también de su pata, pudo volver a corretear y jugar como un cachorro. Nadie podía reconocer en esa hermosa perra a aquel miserable ser que un día apodaron “chupacabras” y nosotros, al verla así, no dejamos de agradecer que hubiera recuperado su vida.


Lázara murió muchos años después, tranquila y feliz (quiero pensar) rodeada del amor de nuestra familia y de muchos otros compañeritos que al igual que ella también escaparon de la calle y encontraron refugio en nuestra casa.


Lázara llegó a nuestra familia por azar, y por fortuna, tuvimos la capacidad de comprenderlo y aceptarlo y la enorme dicha y el privilegio de disfrutarlo.

Luz, 2007

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