domingo, 21 de febrero de 2016

UN PAJARITO






Siempre decías: si regreso a esta vida, me gustaría ser algo pequeño, un pollito quizás... Luego lo pensabas mejor: No, un pollito no porque crecen y se los comen, mejor un pajarito.
A un pajarito también lo matan, te decía yo. Sí, respondías, pero un pajarito es lo que quiero ser, me gustaría volar hasta el mar, sobre los campos.., mirarlo todo desde arriba y llenarme los ojos de verde de los árboles, de azul del agua, de cerros y de milpas..., mirar todo, ir hasta donde están todos, los que están lejos..y no fatigarme, sólo dejarme llevar por las alas y el viento.
Y luego te quedabas pensando otra vez.
Pero mejor no, porque luego.., ¿cómo hago para aterrizar...?
Y yo me reía.
Pero ahora mamita linda, ya puedes volar, ¿cierto? y no eres un pajarito, pero también tienes alas.., y puedes ir lejos, hasta donde tú quieras, lejos, adonde están los que no puedes ver aquí..., y no tienes que preocuparte por aterrizar ¿sabes? los ángeles simplemente aparecen.

luz, 2016.

domingo, 17 de enero de 2016

REFLEXIONES








Fuímos felices hasta que dejamos de serlo. ¿Porqué? Mil razones, todas válidas y al mismo tiempo ninguna en especial. La más aceptable, tal vez, se refirió al hastío. La poca o ninguna posibilidad de encontrarnos y el aburrimiento que siguió a la falta de un contacto real. 
Pero nos queríamos, eso -quiero creer- fue cierto. Real, hasta donde la realidad quiere decir necesidad urgente de saber uno del otro, comprensión, compañía, empatía. 
Aún así, la ilusión se acabó (noten que no digo el amor, tal vez, todo el tiempo fue sólo eso: ilusión), y ahí hubo entonces espacio para que una nueva ilusión apareciera.
Mucho tiempo culpé a esta circunstancia: una tercera persona en discordia. Me costó tiempo y amargas lágrimas el entender que nadie se va si no quiere, aún cuando haya mil distracciones alrededor, así como nadie se queda tampoco, aunque no haya nada más en el  horizonte.
Pero para él fue entonces más sencillo, a pesar de que sintió mi dolor (como se siente el de cualquier ser humano que sufre, con sólo un poco de humanidad que tengas), así se lamentó un instante mientras se alejaba sonriendo de la mano de lo que él entonces, pensó que era -¡eso sí!- el amor.
Mucho tiempo transité por todas esas etapas que corroen el corazón como ácido: el enojo, la culpa, el resentimiento, y la soledad..., la soledad más amarga todavía después de haber conocido el paraíso.
Pasó el tiempo, me forcé a alejarme lo más que pude, me tragué mis lágrimas aderezadas con un gran orgullo y una máxima que no se me caí nunca de la boca: "antes muerta que gusano"
Él, claro, como todo civilizado, insistió en esa entelequia llamada "amistad", pero para mí no había tal. Si yo no lo quería de amigo. Para mí era todo, todo o nada, y como no estaba ya conmigo entonces sería nada. Claro, al paso del tiempo no perdió ocasión de reprocharme siempre que pudo, que fuí yo la que eligió no tener más contacto, pero yo no quería estar al tanto de su felicidad con otra persona, no quería enterarme (como al final pasó) de que había decidido hacer el largo viaje para conocerla, que había compartido -con ella sí- el tiempo y la compañía que conmigo nunca pudo ni siquiera imaginar. No quería saber, dado que todo marchaba sobre ruedas, que ya había resuelto su vida y que ahora era parte de una de esas parejas felices que hacen planes de vida juntos, y yo seguía aquí, rumiando mi soledad. Recordándolo siempre.
Pero pasó el tiempo, él no olvidaba los cumpleaños, y siempre solíamos conversar en aquella anual ocasión de las felicitaciones. Así me enteré de sus viajes, de que habían terminado y regresado un par de veces, o tres, no sé cuántas. Y de repente un día, un día después de tantos años, de tantas lágrimas y de tanto recordar me encontré mirándolo como a un desconocido. 
¿Qué había cambiado? ¿cuándo dejé de amarlo? ¡espera! ¿yo dije eso?: "¿dejar-de-amarlo?" 
En el cuasi espanto de la revelación me quedé un momento en blanco. No, eso no podía ser, si yo había fundado esa secta en donde yo era oficiante y grey del culto eterno a su memoria. No, había que analizar este nuevo sentimiento. ¿En donde había quedado el amor de mi vida? ¿en qué momento, este ser tan común y corriente, tan normal como cualquier otro ser humano había suplantado la identidad del ídolo que llevaba en un altar de mi alma?
Y así, tan claro como abrir los ojos en una mañana de sol, entendí de pronto que sí, efectivamente, la ilusión para mí, como para él tantos años antes, ya se había acabado. Que el traje que yo  hice para revestirlo y que él mismo se quitó cuando se alejó, ya no vendaba mis ojos. Que el amor que tanto él como yo sentimos un día, y que había sido auténtico mientras duró, también era ya nadamás que un bonito recuerdo en el camino de la vida de cada uno.
Y lloré, sí. Pero mis lágrimas fueron esta vez no de dolor, ni de rabia, ni de soledad. Fueron lágrimas de perdón, de absolución, de limpieza para esa mujer a la que encadené durante tantos años a un recuerdo, a la que privé durante todos esos años de la posibilidad de mirar el horizonte con esperanza, con fé, con amor.
Lágrimas que pedían perdón por todo ese sufrimiento que me impuse a mí misma y que al mismo tiempo otorgaban ese perdón y miraban todo desde otra perspectiva más serena, más esperanzada, más en paz.
Fuí feliz con él hasta que dejé de serlo. Él lo entendió antes que yo y es por eso que no tengo ninguna deuda que saldar con él. Él sigue siendo el mismo, y yo... yo puedo decir que ahora soy mejor.

luz, 2016