
MAGICA MUJER.
Los árboles se preparan. Los troncos viejos y carcomidos por el tiempo sienten correr en su interior el torrente de la savia viva y perenne. La hierba crece por segundos y los tallos de las enredaderas abrazan a las rocas, a los troncos; se confunden entre sí mismas en una explosión de verdor.
La tierra desprende el vapor de su propia molicie, humores de mineral y fungus, humedad de lluvia retenida, calidez de seno fecundo y fértil.
El rumor del viento entre las hojas canta un himno sin estrofas ni compases, más solemne que una sinfonía sacra y tan sencillo como el balbuceo de una criatura. Los rayos del sol, al extenderse poco a poco van dando color a la maleza que proyecta mil y un tonos distintos de verdes, ocres, amarillos y naranjas.
Todo se prepara como en un gran escenario. El árbol, la roca, el viento y la naturaleza entera lo saben sin que nadie lo haya escrito o determinado en un calendario o reloj. Ellos lo saben y están listos esperando una vez más el momento, y mientras tanto, preparando y preparándose para el prodigio.
Llega por fin la tarde, y el viento se detiene, el concierto de rumores enmudece, la vida queda en suspenso un instante para presenciar el prodigio de sí misma, porque al atardecer, cuando todo alrededor ha cumplido la misión de prepararse a tu venida, es que apareces: mujer mágica, que eres tierra y aire, y agua y fuego, y carne y sueño.
Al atardecer el sol es cobre fundido entre tu pelo.
Sus rayos se filtran por entre los mechones descuidadamente caídos en tu frente y enmarcan de fuego vivo tus rasgos.
Al atardecer, mientras el día se acaba, tú renaces convertida en ninfa, en hada, ser étereo e intangible de formas vagas e imprecisas, increíbles y fantásticas.
Te vuelves aire y agua, y fuego, y tierra húmeda y cálida con aromas de savia y perfumes que embriagan.
Criatura de la selva y de la noche, sueño que dormita entre mis manos esperando el momento de volver a la vida, de palpitar, de sentir y respirar a la par de la brisa nocturna que envuelve de sombras a la tierra.
Eres luna, estrella, niebla que entre la niebla juega y se disipa y se evapora y vuelve de nuevo cambiando entre mil formas.
Eres aire y agua y fuego, y eres tierra húmeda de rocío y cálida de sueños y promesas.
Los árboles se preparan. Los troncos viejos y carcomidos por el tiempo sienten correr en su interior el torrente de la savia viva y perenne. La hierba crece por segundos y los tallos de las enredaderas abrazan a las rocas, a los troncos; se confunden entre sí mismas en una explosión de verdor.
La tierra desprende el vapor de su propia molicie, humores de mineral y fungus, humedad de lluvia retenida, calidez de seno fecundo y fértil.
El rumor del viento entre las hojas canta un himno sin estrofas ni compases, más solemne que una sinfonía sacra y tan sencillo como el balbuceo de una criatura. Los rayos del sol, al extenderse poco a poco van dando color a la maleza que proyecta mil y un tonos distintos de verdes, ocres, amarillos y naranjas.
Todo se prepara como en un gran escenario. El árbol, la roca, el viento y la naturaleza entera lo saben sin que nadie lo haya escrito o determinado en un calendario o reloj. Ellos lo saben y están listos esperando una vez más el momento, y mientras tanto, preparando y preparándose para el prodigio.
Llega por fin la tarde, y el viento se detiene, el concierto de rumores enmudece, la vida queda en suspenso un instante para presenciar el prodigio de sí misma, porque al atardecer, cuando todo alrededor ha cumplido la misión de prepararse a tu venida, es que apareces: mujer mágica, que eres tierra y aire, y agua y fuego, y carne y sueño.
Al atardecer el sol es cobre fundido entre tu pelo.
Sus rayos se filtran por entre los mechones descuidadamente caídos en tu frente y enmarcan de fuego vivo tus rasgos.
Al atardecer, mientras el día se acaba, tú renaces convertida en ninfa, en hada, ser étereo e intangible de formas vagas e imprecisas, increíbles y fantásticas.
Te vuelves aire y agua, y fuego, y tierra húmeda y cálida con aromas de savia y perfumes que embriagan.
Criatura de la selva y de la noche, sueño que dormita entre mis manos esperando el momento de volver a la vida, de palpitar, de sentir y respirar a la par de la brisa nocturna que envuelve de sombras a la tierra.
Eres luna, estrella, niebla que entre la niebla juega y se disipa y se evapora y vuelve de nuevo cambiando entre mil formas.
Eres aire y agua y fuego, y eres tierra húmeda de rocío y cálida de sueños y promesas.
Luz, 2007
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