
Cuando ella llegó a nuestras vidas, apenas si notamos su presencia.
Tan pequeña era.., y parecía apenas una especie de sombra pálida que, sin embargo, no podía pasar del todo inadvertida por ese extraño resplandor que poseía. Como la luz suave y cálida en la flama de una vela.
Parecía estar en todos lados, y en ninguno. Y aunque al principio, todos procuraban ignorarla, poco a poco fue ocupando un lugar en nuestra casa. Frágil y delicada, esbozaba una sonrisa cada vez que alguien fijaba la vista en ella. Una sonrisa que iluminaba aún más su dulce rostro, sus facciones tiernas de niña y que, por alguna razón, nos hacía tener sentimientos encontrados y que hacía mucho creíamos olvidados.
Nostalgia por algo que creímos perdido, la tranquilidad de quién encuentra el refugio largamente buscado, el asombro ante la revelación inesperada, y también la vergüenza, la punzada dolorosa del remordimiento, de quién sabe que deliberadamente actúo con maldad en muchos momentos de la vida.
Pero ella seguía ahí, sin importar el entorno hostil, las nubes oscuras que siempre parecían ensombrecer nuestra casa y nuestras vidas.
Y poco a poco, igual que nos dimos cuenta que había llegado, empezamos a cambiar. Ensayando sonrisas y palabras de comprensión y ternura para ofrecerle, un buen día nos dimos cuenta que las empleábamos entre nosotros.
Queriendo ser delicados con aquel ser tan frágil y luminoso, lo fuimos entre nosotros y nos dimos cuenta que las caras agrias, las palabras hirientes, amargas e insultantes se alejaban cuando recomponíamos el gesto en una sonrisa para ofrecércela a nuestra pequeña inquilina.
Con una ilusión renovada, embellecimos nuestra casa para agradarle; y en el proceso, nosotros mismos fuimos beneficiados con un ambiente limpio, saneado de las miasmas venenosas de todo aquello que guardábamos como en un basurero. Viejos odios, rencores y resentimientos de los que ya ni el recuerdo de su origen quedaba, salieron de nosotros dejando limpio nuestro corazón, ligero de todo aquel peso que ahogaba..y nos envenenaba lenta, inexorablemente día con día.
Y ella, ella florecía entonces como una flama incandecente. Para entonces, su silueta pequeña apenas se distinguía entre la luz resplandeciente de su aura. Nos acercábamos a ella para tratar de adivinar si seguía ahí.., y aunque difícil, entre la claridad se alcanzaba a divisar la sonrisa perenne, aquel gesto que parecía decir "sí" a todo. Sin preguntas, sin juicios, sin condenas.
Hasta que un día, la claridad que había ido acrecentándose cada día, acabó por envolver la casa entera. No fue un fénomeno apreciable, no cambió nada, ni se movió la tierra o hubo algún fuego de artificio que anunciara el evento.
Simplemente ella se fue, su luz brilló como nunca entre nosotros, cubriéndonos como una nube y asi como llegó, en ese momento ya no estaba.
¿Pero se fue?
Sucedió algo extraño, porque después de todo, seguimos percibiendo su presencia. La sonrisa que nos cautivó, que nos atrajo, que acabó por cambiar nuestra vida seguía ahí.
Y es que ella no se fue, se quedó a vivir dentro de cada uno de nosotros. Tocándonos a cada quién con una caricia especial, con una señal que no nos deja olvidar que vive para siempre, desde entonces en nuestros corazones.
Nunca supimos su nombre, pero nosotros, en nuestra ignorancia le llamamos...felicidad.
Luz, 2008