
Hubo un día, durante mi etapa escolar, en una clase de comunicación, que me tocó leer algo relacionado con un proceso llamado rito de pasaje. Se refería a esa necesidad o convención social que obliga a los grupos humanos a tener un tipo de celebración, festejo o conmemoración extraordinaria para señalar los acontecimientos que terminan-inician una etapa diferente en la vida del individuo y/o de su comunidad. De acuerdo con esta teoría, el rito de pasaje está tan profundamente asentado en el subconciente individual y colectivo que cuando no se cumplen estas "celebraciones", la vida de la persona acaba resultando con una especie de vacío o faltante que les puede afectar para su desarrollo ulterior en aspectos emocionales, psicológicos y/o laborales por más que no sea concientemente racionalizado.
El fin-inicio de un año es, según lo anterior, un rito de pasaje. Un período de tiempo en el que se hace un alto en las actividades cotidianas para realizar una festividad que marque el instante y no nos deje con aquel sentimiento de vacío, de que algo falta. Asi que nos vemos inmersos en una dinámica que es al mismo tiempo festiva y melancólica, que lo mismo nos impulsa al festejo desaforado que a la revisión ¿seria y crítica? de nuestro actuar durante el período que está acabando. Es en estos días que hallamos tiempo para reflexionar en lo que siempre tenemos presente (a saber nuestras fallas, omisiones, pendientes, y flaquezas) pero que durante el resto del año hallamos manera de desterrarlo al último rincón de nuestra mente. Pero en el fin de año, desempolvamos aquellos cajones y recovecos de nuestro interno y pensamos que al influjo del año que se va, asi se irán aquellos fantasmas y debilidades que generalmente mantenemos rigurosa y civilizadamente (cuando se puede) a raya. Y, del mismo modo, con el año que comienza, nos llegará (de algún lugar mágico y utópico, tal vez como regalo de los reyes magos o del niño dios) una nueva personalidad más prolija y conveniente que no volverá a cometer los mismos errores, aún más, alcanzará las metas que nuestro anterior "yo" dejó que se fueran al mismo lugar al que fueron a dar la cena, el vino y las uvas con que celebró el anterior fin de año.
Por supuesto, esto es algo exagerado (bastante delirante, tal vez) pero no muy alejado de la realidad.
Todos sabemos que el simple hecho de pasar una hoja de calendario, cambiar un dígito en la fecha anual, brindar con amigos y familiares haciendo una lista de deseos más que própositos, no cambiará ni nuestra personalidad ni las circunstancias que hemos ido forjando, no en el año que termina, sino en todos los años que hemos vivido.
El fin de año, no es más que una convención socialmente determinada y que por lo tanto impone también reglas de tipo socio-económico-cultural que todos hemos aceptado y validado. Balances de fin de año, años fiscales, descansos laborales obligados, etc.,
Pero, si de buenos deseos se trata -que no propósitos, el propósito implica por lo menos en un mínimo de objetividad, la firme desición de cumplir ciertas metas específicas a un determinado plazo y, seámos serios, ¿quién verdaderamente formula propósitos de año nuevo con la convicción y un plan religiosamente acotado?- retomando: si de buenos deseos se trata, cualquier día debería ser propicio: fin de mes, fin de semana, el fin de cada día pues, sería un momento adecuado para decretar (jaja, pues sí, pongámonos metafísicos para estar ad-hoc) todos aquellos buenos y conspicuos deseos de prosperidad, progreso, bienestar, paz mundial, etc., pero bueno, a final de cuentas no es tampoco de buenos deseos que estamos hablando asi que regresamos al inicio de esta reflexión.
El fin de año, un rito de pasaje más de nuestra adelantada y civilizada sociedad moderna. En aras de eso, y a partir de ello, lo más sano es dejarnos llevar por el ambiente festivo y jacarandoso de la época y no querer cambiar nuestra vida de un día para otro, ya que ello sólo nos arrastrará a depresiones y frustraciones que de cualquier modo, sufrimos (o gozamos, todo depende) durante todo el año. ¿Qué caso tiene ocupar la última noche del año en lamentarnos de lo que no hicimos y formular utópicos deseos de renovación que bien sabemos es difícil ver realizados?
¡Que venga pues la fiesta y el festejo y a disfrutarlo como si fuera el último día del año!
Luz, 2007 (aún...)