No me conoces.No me conoces.
No sabes de mis noches a solas de amargura,
destruyéndome el alma.
No me conoces.
No sabes de mis gritos callados de rabia contenida,
mordiendo mis entrañas.
No sabes quién soy yo.
Tú no adivinas
las lágrimas amargas,
acíbar que desborda
esta boca sonriente que me llena la cara.
En mí, la negra sombra del dolor
no tuvo nunca máscara más perfecta,
el grito de ¡piedad! de un condenado
no resonó tan fuerte
como las carcajadas conque voy pregonando mis placeres.
No, no me conoces.
No sabes quién soy yo,
no lo imaginas...
pero es mejor asi
sigue tranquilo.
Es mejor que no sepas
lo cerca que has estado del abismo.
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Y todavía...Y todavía hay necios
que se atreven a mirarme a la cara
y soltarme con total desenfado
sus doctas peroratas
de semánticas,
semióticas,
retóricas, dialécticas,
y no sé cuantas más floridas palabrejas
con las que intentan demostrarme que no,
que no existen milagros,
prodigios, ni portentos
tal cual yo he venido contando a voz en cuello.
Escuché, primero con asombro,
(y cierto enojo, tengo que confesarlo)
con incrédulo azoro atendí sus firmes alegatos
tratando de ilustrarme
con cantidad de textos escogidos,
en términos matématicos, físicos,
filosóficos, cuánticos...
citando mil autores,
esgrimiendo sus blancas y afiladas
espadas del saber
(incluso un majadero invocó frases
que combinaban opios alucinantes
y pueblos adormecidos, ¡vaya pues!)
Hoy sonrío,
hoy día, que sigo teniendo en mí persona,
la prueba fehaciente del milagro,
de haber regresado de la muerte
al simple conjuro de la chispa de luz
en unos ojos claros,
tomo con buen humor las alegatas,
los reclamos, las burlas solapadas.
Y desde la bondad de quién ya estuvo
en el infierno y fue salvado,
me digo en mis adentros:
"Habrá que perdonarlos,
después de todo,
no han tenido la gracia
de conocer a un ángel y los haya mirado."
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Cuentos de hadas.-Hoy no puedo contarte, -le dije-
La vista fija en aquellas piedras removidas,
en las costras resecas del horror.
Pero tal vez no lo dije,
tal vez sólo lo pensé.
(O mi voz era tan débil,
o el silencio,
el vacío era tan grandes
que mi voz jamás pasó de mi garganta)
No lo sé.
Yo seguí escuchando la voz insistente:
"-¡Cuentáme que ves.., dime!"
acostumbrado a escuchar
historias que hablaban de piedras
que eran pedazos de castillos,
de hierbas
que florecían en pájaros fantásticos,
de nubes
que podían ser lo mismo ángeles que ogros,
unicornios o barcos a vapor surcando el cielo.
Pero el cielo de hoy no tiene nubes.
Un gris de plomo cubre la ciudad
y la oscurece,
las piedras de la plaza están marcadas
con las rojas señales de la tragedia,
...del dolor.
Y el silencio...
el silencio que siguió a los gritos,
al llanto,
al estupor.
Pensé que no había más que hablar,
que ese silencio,
ese vacío,
el transitar como ánimas dolientes
debía ser nuestro único destino a partir de hoy:
a partir del segundo
en que el último gemido de dolor se extinguió.
Y quise apretar la frágil manecita
que tiraba de mi brazo con su voz menuda
pidiéndome una historia.
Quise decirle que no había más historias,
y que desde ahora viviríamos de recuerdos,
de días en que las nubes eran todo..
todo, menos sombras.
Y el rojo era el color de una flor
y no la huella macabra del dolor.
Eso quise decirle.
Pero tampoco pude.
El quería una historia,
un cuento feliz,
con magia, batallas, aventuras...
Me obligué a sonreír,
me arrodillé en la piedra manchada por su sangre
y aclarando la voz,
comencé a relatarle...
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Luz, 2008