domingo, 7 de febrero de 2010

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El dolor resbala como una gota espesa y viscosa que no termina de escurrir.
En su camino va impregnando la piel, obstruye cada poro con su densidad y de repente, imperceptiblemente, el oxigeno se acaba, el aire no llega porque ahora todo el cuerpo está aislado por esa película invisible que no parece tener sustancia, y no obstante, ahí está.
Presente siempre, implacable.

El dolor se vuelve un huésped inevitable. Un invitado no deseado, un intruso que llega a escondidas y se instala en algún rincón oscuro y relegado de nuestra alma. Notamos su presencia cuando algún relámpago punzante nos muerde el corazón y entonces nos damos cuenta que ahí está, agazapado, esperando, nutriéndose de los pequeños sinsabores del día a día y haciéndose cada vez más fuerte con el alimento de nuestras decepciones, de nuestros tropiezos, de nuestras equivocaciones.

Y el dolor no se va, a veces creemos que por fin se ha marchado. Miramos el sol de frente y una cálida brisa nos entibia la piel y corazón, parece que la felicidad nos sonríe y olvidamos que conocimos el dolor. Pero él es paciente, sabe que llegará la noche, que las nubes ocultarán el sol y espera, espera para recordarnos que vive con nosotros..., y que no se irá.

Y el dolor es particular, sabe de nuestras deblilidades, conoce nuestras flaquezas, y actúa en consecuencia. Nada ni nadie, mejor que él, para introducir fínisimas agujas de amargura en los puntos más sensibles de nuestra naturaleza; para dejar caer gotas de vinagre sobre las heridas que nadie más sabe que tenemos, porque para todos hemos ocultado las grietas que traspasan nuestra alma, menos para él, que vive en ellas.

Amor.., dolor..., ¿cuándo dejarás de morderme las entrañas...?


luz, 2010

martes, 2 de febrero de 2010

HOY




Hoy amaneció nublado. Otra vez.
La claridad del día es una bruma lechosa, la sensación de una sábana húmeda envolviendo el cuerpo, el escalofrío que precede a un ataque de fiebre. Un territorio hostil, un universo de sueño, no, de delirio más bien.

Hoy la vida se desliza como la corriente de un río ancho y caudaloso. Otra vez.
Los pasos recorren las calles, las personas pasan a los lados como parte de un paisaje gris, en donde no hay nombres, no hay rostros, no hay señales que identifiquen a individuos, o los distingan entre una masa informe.
Todo acontece como la fotos en secuencia de una película que se repite, una y otra vez. Si permaneciera un rato en el mismo lugar, seguramente volvería a mirar la misma secuencia, hasta la naúsea. Y es por eso que sigo caminando, como si nada, como siempre, integrandome -yo también- al flujo informe de autómatas que dan vueltas en su rueda sin fin.

Hoy miré mi rostro en el vidrio de una ventana al pasar. No lo reconocí de momento,
fijé la vista buscando en esa cara extraña algún gesto o señal que me diera confianza, certidumbre. Volví a sentir ese hueco profundo y oscuro en la boca del estómago. Otra vez.
Los ojos -los espejos del alma, según dicen- eran dos pozos inexpresivos y ausentes. Ninguna señal de luz, ningún reflejo de humedad, piedras de río secas y pardas en su lecho desértico de arena. Levanté la mano y con la punta del dedo recorrí las líneas que limitaban ese rostro ajeno. Acerqué mi boca y el vaho dejó una tibia película sobre el cristal "soy yo" escribí... "Soy yo" musité..., seguía siendo la misma persona ajena. Di la vuelta y me fui de ahi.

Hoy caminé entre sueños, con un vacío frío y doloroso en mi interior. Llevando sobre mí la presencia de un extraño; con la sensación de ser un extranjero en tierra desconocida y remota.
Anoche me encontré con un fantasma del pasado.

Hoy amaneció nublado. Otra vez.


luz, 2010