
El dolor resbala como una gota espesa y viscosa que no termina de escurrir.
En su camino va impregnando la piel, obstruye cada poro con su densidad y de repente, imperceptiblemente, el oxigeno se acaba, el aire no llega porque ahora todo el cuerpo está aislado por esa película invisible que no parece tener sustancia, y no obstante, ahí está.
Presente siempre, implacable.
El dolor se vuelve un huésped inevitable. Un invitado no deseado, un intruso que llega a escondidas y se instala en algún rincón oscuro y relegado de nuestra alma. Notamos su presencia cuando algún relámpago punzante nos muerde el corazón y entonces nos damos cuenta que ahí está, agazapado, esperando, nutriéndose de los pequeños sinsabores del día a día y haciéndose cada vez más fuerte con el alimento de nuestras decepciones, de nuestros tropiezos, de nuestras equivocaciones.
Y el dolor no se va, a veces creemos que por fin se ha marchado. Miramos el sol de frente y una cálida brisa nos entibia la piel y corazón, parece que la felicidad nos sonríe y olvidamos que conocimos el dolor. Pero él es paciente, sabe que llegará la noche, que las nubes ocultarán el sol y espera, espera para recordarnos que vive con nosotros..., y que no se irá.
Y el dolor es particular, sabe de nuestras deblilidades, conoce nuestras flaquezas, y actúa en consecuencia. Nada ni nadie, mejor que él, para introducir fínisimas agujas de amargura en los puntos más sensibles de nuestra naturaleza; para dejar caer gotas de vinagre sobre las heridas que nadie más sabe que tenemos, porque para todos hemos ocultado las grietas que traspasan nuestra alma, menos para él, que vive en ellas.
Amor.., dolor..., ¿cuándo dejarás de morderme las entrañas...?
luz, 2010
