
El emperador detentaba el poder absoluto sobre vidas y haciendas. Su autoridad sólo se detenía ante los dioses, porque él mismo era sumo sacerdote de la estricta y férrea jerarquía teocrática que regía la vida del pueblo. Sólo una persona podía jactarse de estar, no sólo a la par de semejante poderío, sino inclusive tener en sus manos la verdadera desición y autonomía ejercida por intermedio del rey.
El cihuacóatl, el consejero, primer ministro, brazo derecho y verdadero factotum de todo aquel imperio. Cihuacóatl, la mujer-serpiente.
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La mujer mira con disimulo alrededor, mientras una sonrisa apenas perceptible baila en su rostro, su mente analiza y sopesa las posibilidades, hace rápidos cálculos y se imagina los posibles escenarios de una desición bien o mal tomada. No hace movimientos bruscos, salvo cuando ya tiene la situación bien determinada y un plan bien trazado. Entonces es rápida y generalmente certera, se podría pensar que lo suyo son golpes de suerte, o una serie de eventos a cual más afortunados. Ella sonríe, dice que si, que probablemente goza de muy buena suerte.
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En la media luz de las umbrosas galerías de la selva húmeda, la serpiente hace gala de una de sus mejores cualidades: la paciencia. Enroscada firmemente entre las ramas, la roma cabeza aplastada contra su cuerpo y los ojos fijos sin mostrar cansancio ni fastidio. Ocasionalmente su bífida lengua asoma para otear el aire y saber que tan lejos o cerca se encuentra su potencial presa. Mientras tanto, su privilegiada visión de imagen infrarroja, le señala el calor de un cuerpo vivo y en movimiento, cerca de ella; pero no se apresura, no hace movimiento alguno que delate su presencia. Así, cuando menos lo espera, el desprevenido animal se encuentra de frente con la fría mirada del reptil, es lo último que alcanza a visualizar antes de que un férreo anillo de acero -el cuerpo poderoso de la serpiente- se cierre sobre su cuerpo para vaciarle el aire y triturar sus huesos.
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El cihuacóalt camina atrás del emperador, a veces ni siquiera está presente. No es necesario, el halo de su poder se extiende como una bruma que no tiene forma sólida, y aún así, está constantemente alrededor. Se dice que tiene la facultad de la omnipresencia, ojos y oídos en todo lugar y por ello, cuando llega a aparecer, una sensación de temor reverente se apodera de todos los que ahí se encuentran. Los miserables macehualli -plebeyos, pueblo en general- imbuidos en su cultura fatalista y llena de presagios trataban, aún más, de no pensar en presencia del poderoso personaje porque se decía que podía inclusive leer los pensamientos, mientras miraba, sin ver en realidad, con sus rojizos ojos, entrecerrados y recubiertos por la negra pintura que señalaba su condición de sumo sacerdote.
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En las entrañas de la mujer se gesta la vida, su cuerpo se hincha y en su interior crece un nuevo ser. Quizá por eso, su presencia será siempre motivo de constante admiración y disimulada reverencia. Ciertamente no es algo menor, ella es como la tierra, que recibe una semilla que parece sin vida y devuelve un fruto alimentado con su propia sangre, con su aliento, con el mismo hálito que la anima y que comparte con el ser que alumbra en un parto doloroso que desgarra su cuerpo y desafía al límite su capacidad de dolor. Por eso, en algún tiempo, ella fue como la tierra: la diosa principal, la primera, la generosa y pródiga, la fuente de vida. Y la mujer es también como la tierra, pródiga, fecunda, generosa. Pero acaso también, como los elementos, en su naturaleza lleva también aquel átomo de crueldad inocente, de despiadada e indiferente fatalidad, acaso también...le gusta alimentarse, a veces, con los cuerpos y la sangre de aquellos a los que un día parió y alimentó con amoroso afán.
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La cobra real extiende su capuchón y yergue en el aire sus 2 metros de largo en una demostración aterradora de su fuerza. Abre las fauces y muestra los colmillos que avanzan y recuerdan los canales en los que fluye el veneno que es su principal arma. Su naturaleza no le manda sentir piedad o remordimientos, actúa por instinto y este le manda protegerse, comer, reproducirse..., los hombres respetan su fuerza, las poderosas armas que esgrime para cumplir tan cabalmente sus funciones, es al mismo tiempo, temida y adorada..., su imagen está representada en las coronas de los reyes, y en todo lugar en donde se quiere contar con sabiduría y sobre todo protección. Las serpientes que cuentan con veneno para matar, no necesitan de la fuerza de aquellas constrictoras que matan por asfixia, pero igual comparten sus otras cualidades: la paciencia, las facultades extraordinarias de sus sentidos, el ser astutas, cautas, calculadoras, y el conocer a la perfección sus capacidades y explotarlas de la mejor manera. Por ello han sido desde siempre el referente para ilustrar aquellas cualidades, y otras más inclusive, son y han sido símbolos de poder, de sabiduría, de realeza.
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El consejero del rey camina entre los corredores sombríos del templo en donde ha ido a ofrecer su sacrificio. Puncionando su cuerpo con largas espinas de maguey ofrece su sangre a las hieráticas piedras que tienen esculpidas las figuras de los dioses. Impregnado el aire con el humo que despiden los incensarios donde se quema el copal y otras resinas arómaticas consagradas al culto, su cuerpo se purificó también para tener la claridad de pensamiento y la elocuencia de discurso para hablar sólo lo necesario y en el momento preciso. Camina atento a los ruidos a su alrededor, con pasos silenciosos y la cabeza erguida. Al salir al aire de la madrugada, en la plaza desierta aún a esa hora e iluminada por la luz de las antorchas en los edificios y templos, distingue una figura. Se acerca, el niño se levanta de la posición que sostenía, en cuclillas hecho un ovillo mientras esperaba y al tener frente a sí la ominosa silueta del poderoso personaje pregunta:
-¿Tú eres Cihuacóalt?
Y el consejero, sin perder un instante su continente adusto y severo sólo asiente, entonces el niño habla de nuevo:
-Te vi entrar al templo, he esperado aquí un buen rato, quiero saber...-y con entonación que mezcla la curiosidad con la intriga, pregunta: ¿Porqué te llaman Cihuacoátl?, ¿porqué eres tú La MujerSerpiente?
Luz, 2007.