
No podría describirte aunque quisiera.
Las palabras que sé, las fórmulas de sintaxis que conozco, no me alcanzan para expresar o explicar cómo es que te conozco.
Yo sé de tí lo que saben mis ojos: un compendio de imágenes que son luz y sombra al mismo tiempo. Mis manos tal vez también podrían hablar de sensaciones, texturas y calidez de piel que alguna vez tocaron.
En mis oídos todavía se escucha el eco de palabras, susurros, sonidos que dan vuelta en mi cerebro y son como interruptores que echan a andar una película de recuerdos.
Yo te conozco a traves de mis sentidos, porque algo había dormido en ellos. Algo nuevo y desconocido que tú llegaste a encender, a abrir, a despertar.
Aún en mi boca persisten los sabores de algo dulce y amargo, sal y azúcar mezclándose en un néctar tibio del que hubiera podido beber siempre.
Miro hoy mis manos y no puedo recordar que hacían antes de tocarte, que sentían antes de acariciarte.
Busco, busco siempre tu imagen para que mis ojos puedan volver a distinguir la luz de la oscuridad.
Yo no puedo describirte, ni recordarte, sin que me llegue un aroma de bosque, de savia, de especies antiguas que huelen a canela y trébol o el aroma del mar por la tarde, cuando la marea trae junto con la sal, el sabor de su resaca.
Si alguien me preguntara quién eres sólo podría extender mis manos, abrir mis brazos, dejar que cada quién viera en todo mi cuerpo y mis palabras la huella de tus manos, de tu aliento, de tu paso. Y entonces, sabrían quién eres sin que hubiera necesidad de describirte.
Luz, 2007
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