martes, 12 de junio de 2007

MAESTROS EN CAMPAÑA.




Cuando comencé la educación primaria tenía 5 años, recuerdo perfectamente a la maestra que me enseñó a mover mi mano formando "gatitos", "casitas", "gusanitos", y un día esas interminables planas y planas de "dibujos" se volvieron letras y luego palabras y entonces ya sabía escribir mi nombre y muchas palabras más que día con día se iban acumulando. Ahora que conocía la clave, lo más sencillo era utilizarla y formar todas las combinaciones posibles dentro de aquellas reglas mismas del código, a saber: ortografía, sintaxis, prosodia...

Junto con ese descubrimiento definitivo de la escritura, se dió también su indispensable complemento: la lectura, y esa misma maestra, al notar que parecía yo ávida de seguir leyendo aún más de lo que aquellos libros de texto gratuito ofrecían como textos de lectura, me obsequió mi primer libro (que aún conservo)

Una maestra me abrió la puerta a un camino que todos los días recorro con renovado placer y que no importa cuales sean las circunstancias, nunca me ha dejado de sorprender.


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Cuando cursé la secundaria tuve una maestra a la que todo el plantel temía, odiaba y maldecía en voz baja (y a veces no tan callada). Para peor era subdirectora del plantel y por lo tanto no sólo tenía autoridad sobre su clase, sino sobre todo el alumnado. Si alguna infracción cometías o algo no andaba del todo bien con tu rendimiento, conducta, disciplina, etc., llegabas a su oficina que a decir de todos era punto menos que la antesala del diablo.

Esa fue nuestra maestra de matemáticas en el último año que cursé. No le habían exagerado ni un mínimo: estricta, férrea, tirana hasta el límite en que no se podía demandarla, pero tampoco podías dejar de sentir que todo el tiempo sostenía una espada de Damócles sobre tu cuello cuando te preguntaba esperando una respuesta (que la mayoría de las veces era incorrecta, no por falta de conocimiento sino por exceso de nerviosismo, al menos en mi caso así era).

Un día, después de un regaño que fue el que me colmó el vaso del nerviosismo, le reclamé que fuera tan exigente, tan tirana, que no se conformara con una respuesta sino que además exigiera razonamientos, argumentos, explicaciones...

Esa maestra me enseño ese día que sólo en la exigencia, en el ir más allá, en el buscar y no quedarse en lo mínimo se encontraba la excelencia: la personal, la que te hace sentirte orgulloso, satisfecho, completo, no el quedar bien con uno u otro, sino contigo mismo. El sentir que después de un esfuerzo mayúsculo podías encontrar que podías dar más...y hacerlo. Sin importar si en el ínter hubiera que aguantar uno que otro adjetivo como "tirana"


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Cursé la preparatoria y tuve un maestro, en su apariencia un hippie sesentero y en su comportarse un libre-pensador-neosocialista-valemadrista a toda prueba. Un hombre joven y lleno de esas ideas "revolucionarias" muy poco casadas con la norma de un programa de estudios. Era maestro de Historia, aunque claro, un personaje de tales características no toleraba que le llamaras maestro, había que llamarlo por su nombre o mejor aún: "camarada" (juro que nunca lo hice) también nos dejó claro que no nos iba a enseñar nada, de hecho, su única labor consistiría en darnos algunos textos que debíamos leer. "No por aprobar la materia, sino porque les es fundamental el tener el conocimiento de esas lecturas", también nos dijo que esos textos eran simples referencias y que, claro, si nosotros encontrábamos algún otro autor o texto que fuera más a propósito pues con todo gusto lo tomaría en cuenta, "es más, tendrán puntos adicionales por sus aportaciones".

Viniendo de una educación bastante rígida y llena de reglas, ese comportarse de un Maestro me ponía bastante nerviosa, no concebía como podía verlo como alguien de carne y hueso siendo que para mí, un MAESTRO era como un ser omnisapiente, todopoderoso y digno del mayor de los respetos. Supongo que mi nerviosismo era muy evidente, hasta que un día el llegó a su clase, como siempre lo hacía se sentó en un pupitre entre todos nosotros y dejó que empezaran las exposiciones. En un momento dado, se levantó fue hasta mi pupitre, se acercó y me dijo: "no quiero que te sientas mal en mi clase, si quieres..puedes llamarme Maestro" y se alejó con una gran sonrisa.

Ese maestro me enseñó que todos podemos ser maestros, que la solemnidad no tiene nada que ver con el conocimiento y que, a pesar de todos los pesares, el enseñar puede resultar algo bastante divertido.


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Estos tres apuntes que se me ocurren al azar, me vienen a la mente cuando veo a esos "maestros" que de mentores han pasado a constructores de barricadas, agitadores, gritadores de consignas. Y me congratulo de no haber conocido en toda mi vida de estudiante a ningún "maestro" de esos.


Luz, 2007

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