
¿Te acuerdas cómo fue que nos conocimos? yo sí, ya te lo había dicho, pero me gusta repetirlo. Lo primero que me atrajo de tí fueron tus ojos. Así como ahora, que brillan como las rocas en el fondo del río: negras y limpias en su espejo de agua que refleja la luz del sol y las estrellas.
Veo que sonríes, si, también sé cuanto te divierte la manera en que te describo. Nunca lo entendí, tú reías al escucharme como si te contara un chiste o una broma pero yo siempre hablaba en serio. Me da igual, me gusta tu sonrisa, me gusta y me gustaba tanto que entonces me esforzaba en hablar más y más para que siguieras sonriendo. Y es que con la risa, tus ojos cambiaban también, aquellas rocas oscuras y frías se volvían un par de chispas con luz propia, iluminaban no sólo tu rostro sino el universo alrededor.
Y tu risa, junto con tu voz, que sonido tan hermoso. Mi nombre en tus labios nunca tuvo un sonido más dulce, una entonación más armoniosa.
¿Cómo no amarte?
¿Y te acuerdas el día que me diste la mano para caminar por aquel camino empedrado? fue la primera vez que sentí la firmeza de tus manos, la seguridad que emanaba de tu pulso, de tu sangre.
Nunca hubiera querido soltarte, desde entonces pensé que mis manos habían sido hechas para estar entre las tuyas y mi cuerpo entero para ser cobijado, protegido, avasallado por el tuyo.
Mi piel conoció hasta entonces el latido de la vida, la pasión, el extásis de la carne en su forma más primitiva y al mismo tiempo más sublime. Sólo era cuestión de un roce, la más leve caricia bastaba para encender mi sangre, nuestra sangre.
¿Cómo no amarte?
Ahora estás serio, ya no sonríes. También conozco ese gesto. Igual estabas el día que me dijiste que era hora de marcharte. Me acuerdo que yo sonreía pensando que era una broma, otro de nuestros juegos. Tratando de seguirte la corriente yo también me puse seria, aunque no podía evitar seguir sonriendo y hablaba cada vez más esperando que apareciera el brillo malicioso en tus pupilas, la sonrisa a medias escondida entre todo lo que me decías: cansancio, fastidio, desgaste, por fin el constante y pertinaz aguacero de palabras y gestos amorosos había conseguido acabar con tu paciencia.
Pero no había sonrisas en tu cara, más bien tu ceño se marcaba, tus manos se empuñaban y hacías un esfuerzo por permanecer sereno mientras volvías a repetir que te ibas, que no podías seguir a mi lado y yo, después de la impresión del primer instante, te exigía, te suplicaba que me dijeras el porqué.
Y aún tuviste palabras cariñosas, pacientes, aún en ese momento que, fuera de mí y medio enloquecida por el estupor, la incredulidad y el sufrimiento, te acusaba y lanzaba contra tí mi amargura, me mirabas con ternura, con algo de dolor también, con una lágrima como la que ahora mismo veo temblar entre tus pestañas.
¿Cómo no amarte?
Por eso ahora, que te vas y das la espalda a la piedra blanca y fría que cubre la fosa en que reposo, y murmuras mi nombre al decir adiós. No te olvides amor que te amé, aún te amo...tanto.
Luz, 2007
No hay comentarios.:
Publicar un comentario