
Sucedió que llegó el momento en que el creador de todo aquello sintió que era demasiado el trabajo para supervisarlo a un tiempo. Entonces, dado que su poder era ilimitado, decidió crear una cuadrilla de ayudantes para organizar el caos en que se estaba convirtiendo la materialización de sus incontables pensamientos.
Como comandantes de estas huestes nombró a dos entre ellos, a uno lo llamó: “mi poder” (Gabriel) y a otro el “portador de mi luz” (Luzbel). A este último, tal vez por algún tipo de preferencia, inclinación o simple capricho (que todo puede ser) le dio inteligencia, belleza, elocuencia, encanto en fin, simplemente lo dotó de todo aquello que lo ubicó rápida y sencillamente como el príncipe entre todos.
Pero Luzbel tenía además otra cualidad, era conciente de sus muchos dones y tenía el convencimiento de que no sólo era brillante por todo lo que generosamente se le había dado al ser creado, sino que por sí mismo, por su propia capacidad y el empleo de su inteligencia y virtudes, ocupaba ese lugar de privilegio; así que no pasó mucho tiempo en que en su mente se cuestionara el proceder del creador. Tenía en especial, la inquietud de aquella raza tan limitada y salvaje que sobrevivía en ese pequeño planeta que a pesar de su insignificancia en el inmenso universo de soles y mundos era tan hermoso y agradable. Le preguntaba al creador constantemente como era que no se decidía por aceptar que esos pequeños seres eran demasiado banales y torpes para apreciar la grandeza de la creación a su alrededor. Se desesperaba mirando al pasar el tiempo, la facilidad de aquellas criaturas por adaptarse a su entorno, por desarrollar sus muchas capacidades pero para todo aquello que les perjudicaba y en el ínter destruían con total abandono e inconciencia el paraíso que les habían obsequiado.
Un día llegó al colmo de su exasperación cuando el creador le indicó que no sólo estaba complacido con aquellos “hermanos” suyos (¡hermanos!, sólo ese adjetivo le sonaba a insulto) sino que iba a ponerlos bajo su custodia y protección para el día que fueran ellos –¡esos insignificantes mortales!- sus superiores. Fue demasiado ciertamente, Luzbel no era malévolo, pero tampoco estaba dispuesto a renunciar a su jerarquía y menos ante tales entes primitivos y absurdos, así que tajantemente dejó claro que él no obedecería en modo alguno esa orden tan descabellada.
Elocuente y persuasivo, se dedicó a ilustrar a sus subordinados acerca de la locura que aquejaba al creador, bien mirado les decía, resulta incluso lógico: es demasiado, tantos sueños y pensamientos materializados, tanto poder acumulado en una sola entidad, es normal que haya llegado el momento de retirarle el mando. Creo, en resumen que el viejo chochea y es hora de que alguien tome cartas en el asunto, ¿quién mejor que yo? Que soy entre todos el más capaz.
Y muchos le apoyaron, y al frente de ellos organizó la rebelión para evitar, en primer lugar que el creador magnificente se volviera en tirano y dictador y en segundo lugar que sus sueños de razas y criaturas “hechas a su imagen y semejanza” prosperara en otros planetas creciendo como una plaga que terminara acabando con todo.El pobre Luzbel no contó con que a pesar de toda su inteligencia, el gran poder que ostentaba, su increíble belleza, todo eso era animado por el hálito que sólo el creador poseía. Su rebelión fracasó, y aún más, tuvo que soportar la humillación de verse despojado de sus hermosos atributos y además desterrado de su hogar y repudiado por aquel que lo había creado.
Pero su mayor castigo, aquello que debía llevar como penitencia por toda la eternidad fue la muestra más refinada de que también, el que era capaz de un amor infinito podía ser infinitamente sádico. Le fue impuesta la humillante, penosa, infamante tarea de hacer valer su nombre: “portador de mi luz”...precisamente con aquellos a quienes tanto despreciaba. Así, Luzbel, junto con todos sus adeptos, fue enviado a ese planeta chiquito y perdido en el universo para compartir con aquellas criaturas llamadas “hombres” el conocimiento de todo aquello que a él le había sido entregado un día.
Y fue expulsado Luzbel de su hogar, y se instaló entre los hombres, y cumplió con la tarea que le fue encomendada...sólo que, recordemos: Luzbel es listo, demasiado. Y no quiere a los hombres, fue por ellos en parte que perdió todo aquello que amaba, así que efectivamente, él se encarga de llevar la luz del conocimiento a los hombres, lo hace incluso adoptando las formas más agradables y placenteras para atraerlos y seducirlos, con un pequeño detalle: no se olvida nunca de dejar en sus mentes una idea fundamental.
“Son dioses ustedes por sí mismos, en su mano está el poder de cuestionar, de inquirir, de investigar y tienen la voluntad y el libre albedrío para no reconocer más creador que su propia potestad. Nunca lo olviden”
Luzbel es paciente... sabe que, a la larga, la victoria será suya...
Luz, 2007.
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