
"Al final del día -concluyó la anciana-, a eso se reduce todo el asunto: volver al principio y encontrar que nada es diferente, nada cambió, nada..."
La mujer calló, sus ojos parecieron hundirse aún más entre sus muchas arrugas y el brillo que por un momento los animó acabó por extinguirse también.
En el silencio que siguió a esa última frase, quedaron como un eco dos o tres palabras que parecieron absorber el aire alrededor de la mujer y cercarla con un inmenso muro de tristeza.
Creo que fue entonces cuando empezó a morir.
Sin aviso, sin gesticulaciones, sin dolor o alegría. Indiferente y quieta no se dió cuenta al principio -tal vez-, que la vida como la había conocido hasta entonces se alejaba como las olas se retiran de la playa.
Al cabo de un momento -o de muchos años- abandonó por fin el miedo, la zozobra, el dolor, y se quedó ahí, muriendo suavemente, en paz y libre al fin.
Luz, 2007
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