viernes, 22 de febrero de 2008

INVENTORES DEL HILO NEGRO.






"Las palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén: "Vanidad de vanidades", dijo el Predicador; "vanidad de vanidades, todo es vanidad."
¿Qué provecho tiene el hombre de todo su duro trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; pero la tierra siempre permanece. El sol sale, y el sol se pone. Vuelve a su lugar y de allí sale de nuevo. El viento sopla hacia el sur y gira hacia el norte; va girando de continuo, y de nuevo vuelve el viento a sus giros. Todos los ríos van al mar, pero el mar no se llena. Al lugar adonde los ríos corren, allí vuelven a correr. Todas las cosas son fatigosas, y nadie es capaz de explicarlas. El ojo no se harta de ver, ni el oído se sacia de oír. Lo que fue, eso será; y lo que ha sido hecho, eso se hará. Nada hay nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de lo que se pueda decir: "Mira, esto es nuevo"? Ya sucedió en las edades que nos han precedido. No hay memoria de lo primero, ni tampoco de lo que será postrero. No habrá memoria de ello entre los que serán después."


Lo anterior es el principio del libro Eclesiastés del antiguo testamento. Dentro de los textos biblicos, suele ser el más citado y aún más analizado por el tono contradictorio de sus sentencias, una teoría dice que inclusive pudo ser escrito por dos personajes: uno influido claramente por un pensamiento crítico, objetivo y pesimista, más cerca del pensamiento helénico asociado a Diógenes y Epícuro, y otro, que añadiría un toque más optimista al panorama con sentencias menos trágicas y más esperanzadoras.


Pero bien, el caso de citar este texto, es porque hace tiempo intercambiaba puntos de vista con un amigo que gusta de escribir y sentar cátedra con sus escritos, y sostenía que había grandes filósofos y escritores a partir de los cuales, muchos otros pseudo-literatos se colgaban de sus glorias y eran únicamente malos imitadores (opinión que, por otro lado, comparto plenamente en relación a varios exitosos fabricantes de best-sellers que francamente son de pena ajena, pero esa es otra historia). Me hizo referencia a Oscar Wilde, uno de sus gurús literarios, como ejemplo de lo anterior.

Hace poco, leí un artículo de un escritor que, entre otras cosas, publica una columna en un diario, (que a mi en lo personal me parece correcto y efectivo a secas, ) se quejaba de que un cuento suyo había pasado a ser del dominio público puesto que era citado en otra publicación, y el autor del texto, escribía, palabras más o menos: "un cuento que leí en algún lugar, y que muy probablemente no tenga autor..." y el autor de marras se quejaba en su columna de que le estaban escamoteando un muy dignamente ganado derecho de autor.


Por supuesto que yo también pienso que Oscar Wilde es grande entre los grandes, aunque claro, mis referencias bibliográficas son tan limitadas que mejor debería no opinar, pero como también cuento con el recurso de que la ignorancia es audaz, pues entonces opino y alego sin empacho acerca de eso y de otras cosas. ¿A quién puede importarle después de todo?, y si me sigo por ese camino, me consuela el pensar que tampoco esos genios se salvaron de llegar a la fiesta cuando ya tenía rato de empezada, en los escritos de Epícuro, el mismo Virgilio, Diógenes y algunos otros que no sólo no recuerdo sino que tampoco conozco, ya se leen las mismas premisas que después retoman esos maestros de la ironía y el humor (bastante ácido) como lo son Wilde, Unamuno, el mismo Schopenhauer y aún Nietszche, (que si se le quita lo solemne y pontificio es bastante jocoso desde un punto de vista muy personal). Ah, y por supuesto Voltaire y Erasmo y ya más "contemporáneos" Mark Twain y Jonathan Swift.


Y aquí llegamos al fin y objeto de la cita que inicia esta alucinada reflexión: ¿quién podría adjudicarse la propiedad de un pensamiento, de una idea, de una afortunada hilación de sentencias, referencias, anécdotas o historias?

La personal experiencia, dirán algunos, es lo que da la originalidad al texto; la probabilidad de que nadie recorre el camino de otro más, la individualidad del sujeto que refiere su versión desde un punto de vista que nadie más puede compartir. No lo sé, entre tantos millones y millones de seres que han poblado y pueblan el mundo, habrá quién con toda veracidad, sin temor a equivocarse pueda decir (como Arquímides lo dijo, por cierto) : "¡eureka, acabo de descubrir el hilo negro!"


Hay excepciones sin embargo, los cientifícos, esos genios de la deducción, la lógica, la matemática y el trabajo (que ya lo dijo Alva Edison, genio es 90% de trabajo) desarrollan ideas que llevan al conocimiento de cosas, fénomenos, situaciones que -¡oh sorpresa!-, ya estaban ahí, pero nadie se había adelantado a explicarlas. Se podría decir que tal vez ellos si son descubridores del hilo negro, pero aún así, ¿también podrían afirmar que son dueños absolutos de su "descubrimiento"? si, probablemente, si ignoraran olimpícamente a los que les precedieron en sus conjeturas y sobre de cuyos hombros se apoyaron para escalar un peldaño más del conocimiento.

Así pues, el hecho es que todo debiera limitarse a un simple asunto mercantil: "derechos de autor", o a un tema de orgullo patrimonial: "SOY autor", o a una cuestión de oportunismo: "Si, me basé en una premisa de..., pero el desarrollo es mío...", o todas las anteriores.


Yo, como el predicador, en su faceta de cínico, desesperanzado y poco dado al auto de fé per se, prefiero pensar que no hay nada nuevo bajo el sol, y que los que se arrogan con el quijotesco desplante de yosoyeldescubridordelhilonegroydelaguatibia, merecen su destino: ser plagiados.


Luz, 2008



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