
Tengo la idea, de que hace muchos, muchos años, en una galaxia muy, muy lejana...(ah no, eso es de otra película, ja), bueno..pero si hace algunos años. Las comunicaciones no eran este peculiar sistema de tecnologías que involucran programas, dispositivos, satélites y a saber cuanta invención diabólica más, y que nos permiten enterarnos de lo que sucede en China, el Congo o Timbuktú, casi, casi al momento que ocurre.En aquellos tiempos que ahora parecen de las cavernas, las personas (que no "gente") se tomaban un tiempo -precioso tiempo, el bien más valioso que se posee, probablemente-, para sentarse en un lugar, tomar un pedazo de papel, una pluma, un tintero, o en su defecto un modesto lápiz para escribir. Con caligrafías que hoy parecen obras de arte, o con letras a medias aprendidas, escribían cartas a los parientes y amigos del pueblo vecino, del país lejano, del continente al otro lado del mar.Escribían de los acontecimientos cotidianos, las noticias grandes y pequeñas de la familia, el cotilleo de la vecindad y sus propios sentimientos y pensamientos.Habia cartas de enojo, de reclamo, de amor, comerciales, familiares, y tantas más...pero me parece que todas tenían ese común denominador de saber que, en cuanto ese pedazo de papel llegara a su destino, habría otra persona que recibiría con atención la carta, se tomaría el tiempo de leerla, la contestaría, quizá, con atingencia y, probablemente, dependiendo del contenido y remitente, la atesoraría para tener la oportunidad de releerla varias veces más tarde, mientras se esperaba una nueva entrega en el intercambio de misivas.
El tiempo, claro, era siempre factor. Dependiendo de la lejanía de los remitentes y destinarios, una carta podìa tardar en llegar semanas, meses (podía incluso perderse en los ires venires de postas, mensajeros y quiensabe cuantas más aventuras)...y era necesario entonces, pormenorizar, explicar de manera detallada, todo aquello que era importante y que provocaría una respuesta también. Tal vez desde entonces, como ahora, el intercambiar misivas sea una forma de encontrarse y reconocer a las personas que nos interesan de una u otra manera, y en ese encontrar, hallar también la posibilidad de mostrar aquello que queremos compartir: pensamientos, sentimientos, humor, necesidades o actitudes que nos gustaría que alguien más supiera y tal vez coincidiera o no con nosotros, pero en todo caso, habría manera de hallar caminos para la comprensión y la compañía.
Pasado el tiempo, cuando la historia (y la multitud, claro está) se encargan de elevar a una persona por encima de las demás, en base a méritos, o deméritos, o ambos, los historiadores y biográfos se dan a la tarea de buscar y desmenuzar hasta el último vestigio o rastro del pensamiento y/o desvarío del personaje en cuestión. Entonces salen a relucir, como tesoros encontrados en tumbas reales o en cofres enterrados de piratas, las cartas que el citado personaje tuvo a bien escribir durante su vida. Se sabe entonces de sus pensamientos más íntimos o por lo menos, no tan conocidos, de sus intereses, impulsos, temores, amores, elucubraciones y de alguna manera se explican muchas cosas que por su sola vida, obra y milagros quedaban en la ambigüedad o el misterio.
Son incluso a veces, más interesantes las cartas que salieron de sus ratos de reflexión que alguna otra faceta de su vida pública. Pienso por ejemplo en las cartas escritas por el apóstol Pedro, o la carta en respuesta a sor Filotea, de una monja singular llamada Sor Juana Inés de la Cruz, respondiendo a las acusaciones de herejía y falta de verdadera vocación cristiana. Las Cartas desde mi celda de Gustavo Adolfo Bécquer en el monasterio de Veruela, los despachos periodísticos de Hemingway desde la España en guerra, o la reseña completa de la historia de la conquista en las Cartas de relación de Hernán Cortés.
Una visión llena de amargura y desesperanza se encuentra en las interminables cartas de Vincent Van gogh a su hermano Theo (650 nadamenos), o en la abundante correspondencia de Charles Baudelaire a su madre en donde expresaba su enorme desencanto y frustración por vivir en la incomprensión de una multitud insensible. Que decir de las cartas de Franz Kafka a dos de sus amores Milena Jesenskâ y Felice Bauer.
En fin, que el género epístolar no es, en modo alguno, un género menor, hay en ello un encanto singular, el adentrarse como un espía, furtivamente y desde la salvedad de unas páginas impresas, en aquellos recovecos de la mente de otros seres humanos que a la luz de esas líneas parecen más cercanos a nosotros, más humanos, un poco menos "genios" instalados en el paraíso de la inmortalidad.
Tal vez, el escribir una carta es sólo el impulso de arrojar una botella al mar, con un montón de frases en el papel, que en si mismas no son nada, pero que pudieran resultar un mensaje que alguien pudiera comprender. En el supuesto, claro, que nuestra imaginaria carta tuviera un venturoso destino y llegara a manos de algún lector por lo menos curioso que tuviera el tiempo y la disposición de leerla y en el entendido, de que tal vez no fueran ni siquiera eso. Que el imaginario receptor del mensaje, fuera uno mismo, buscando resolver una de las muchas interrogantes de la propia existencia y en ese buscar y rebuscar, el papel sea el confidente adecuado para revelar lo que ni al mejor amigo nos atreveríamos. En mi caso, suelo leer cualquier papelito que encuentro a mi paso, y hay algunos, que me mueven lo bastante como para quedarme pensando un rato en ellos, y aún más, escribir desprópositos tan infames y aburridos como el presente para enviarlos como respuesta. Y sí, con mi espíritu anclado en aquellos siglos de oscurantismo y antigüedad, me tomo el tiempo para escribir con toda parsimonia..., envío mi carta esperando que llegue a feliz destino..., y me dispongo a esperar con tranquilidad la respuesta. *
Luz, 2008
* De un mail, escrito como contestación a un amigo.
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