Sucedió que un día, Ella, que tenía poco tiempo de haber descubierto el horizonte inmenso de aquel oceáno, se acostumbró a dar aquellos paseos por sus orillas.
Igual que el mar muestra en sus playas, una gran diversidad de accidentes y texturas, asimismo aquí, cada lugar visitada resultaba en algo diferente al anterior. Algo no cambiaba, sin embargo, en todos sus paseos siempre encontró personas que al igual que ella, vagaban por aquellos vastos espacios.
Muchos de esos seres tenían tiempo ya de concurrir por cada uno de los lugares que a ella le parecían tan nuevos. Muchos de ellos, parecían inclusive desechos arrojados de aquella inmensidad, quienes, habiendo llegado al límite de sus fuerzas, volvían de su aventura con aquel gesto de desencanto y frustración de quién emprendió un viaje al fin del mundo para encontrar un tesoro y regresó derrotado cuando, habiendo llegado allá, le informaron que el tesoro se encontraba dentro de sí mismos. Incrédulos, pasmados y exhaustos, regresaban al punto de partida, a retomar fuerzas para emprender una nueva búsqueda, porque, desde luego, el tesoro (como el Dorado) tenía que existir, pero en algún lugar que no, por cierto, dentro de sí.
Igual que el mar muestra en sus playas, una gran diversidad de accidentes y texturas, asimismo aquí, cada lugar visitada resultaba en algo diferente al anterior. Algo no cambiaba, sin embargo, en todos sus paseos siempre encontró personas que al igual que ella, vagaban por aquellos vastos espacios.
Muchos de esos seres tenían tiempo ya de concurrir por cada uno de los lugares que a ella le parecían tan nuevos. Muchos de ellos, parecían inclusive desechos arrojados de aquella inmensidad, quienes, habiendo llegado al límite de sus fuerzas, volvían de su aventura con aquel gesto de desencanto y frustración de quién emprendió un viaje al fin del mundo para encontrar un tesoro y regresó derrotado cuando, habiendo llegado allá, le informaron que el tesoro se encontraba dentro de sí mismos. Incrédulos, pasmados y exhaustos, regresaban al punto de partida, a retomar fuerzas para emprender una nueva búsqueda, porque, desde luego, el tesoro (como el Dorado) tenía que existir, pero en algún lugar que no, por cierto, dentro de sí.
De todo eso tomaba ella nota, mirando primero con curiosidad, luego con diversión, y al final con algo de impaciencia y aburrimiento, como aquellas personas se lamentaban por cosas y situaciones que no acababa de comprender del todo.Pero seguía concurriendo por aquellos lugares, siempre bulliciosos por la multitud, pero que a decir verdad, cada vez le parecían menos interesantes y más sórdidos, menos divertidos y más prescindibles; decidida cada vez más a abandonar los lugares concurridos y dedicar su atención a los muchos otros sitios que podía visitar vagando por la geografía infinita de aquel espacio.
Y asi fue que, acabó alejándose de aquellas colonias de seres en su mayoria amargados y frustrados. Y recorrió algunos otros caminos en solitario, maravillándose con las enormes posibilidades de aprendizaje y de conocimiento que iba encontrando a su paso.
Se sorprendió también, al comprobar que no era la única solitaria que recorría las orillas de una y otra playa. Había más personas como ella, que no habitaban en los lugares más comunes y triviales, sino que se aparecían aquí y allá..., un dia si y al siguiente no volvían más, o quizá en otro lugar, en otro momento se re-encontraban y guardaban el recuerdo de una conversación casual, o un momento de silencio en compañía. Eran, como le dijo alguien un dìa, como conchas o estrellas que la marea arrastra a la playa, y se quedan ahì entre la arena, medio escondidas, tranquilas y plácidas a la espera de alguien que acierte a vislumbrarlas un día..., entre la arena, a medias bañadas por la resaca de una ola, brillando a plena luz del sol, o reflejando de manera fugaz un esquivo rayo de luna en una noche tranquila.
No visibles para cualquiera, sino únicamente para aquel personaje, solitario, meditabundo, melancólico, soñador o simplemente curioso...mirando con ojos de niño, sorprendido y abierto a la novedad, respirando el aire de la noche, reconociendo los mil y un aromas de la naturaleza. Abriendo los brazos en un loco afán de apresar la brisa cálida de un dìa soleado, soltando una carcajada a todo pulmón, únicamente por el placer de sentir la vida en la arena que toca sus plantas, en la sal que se impregna en su olfato al romper de las olas, que también resuenan en sus oídos como un murmullo infinito y monótono, como aquellos mantras de los monjes, que repiten una y otra vez para liberar el pensamiento de ataduras y dejar que el espíritu vague libre de las cadenas de su cuerpo.
Se sorprendió también, al comprobar que no era la única solitaria que recorría las orillas de una y otra playa. Había más personas como ella, que no habitaban en los lugares más comunes y triviales, sino que se aparecían aquí y allá..., un dia si y al siguiente no volvían más, o quizá en otro lugar, en otro momento se re-encontraban y guardaban el recuerdo de una conversación casual, o un momento de silencio en compañía. Eran, como le dijo alguien un dìa, como conchas o estrellas que la marea arrastra a la playa, y se quedan ahì entre la arena, medio escondidas, tranquilas y plácidas a la espera de alguien que acierte a vislumbrarlas un día..., entre la arena, a medias bañadas por la resaca de una ola, brillando a plena luz del sol, o reflejando de manera fugaz un esquivo rayo de luna en una noche tranquila.
No visibles para cualquiera, sino únicamente para aquel personaje, solitario, meditabundo, melancólico, soñador o simplemente curioso...mirando con ojos de niño, sorprendido y abierto a la novedad, respirando el aire de la noche, reconociendo los mil y un aromas de la naturaleza. Abriendo los brazos en un loco afán de apresar la brisa cálida de un dìa soleado, soltando una carcajada a todo pulmón, únicamente por el placer de sentir la vida en la arena que toca sus plantas, en la sal que se impregna en su olfato al romper de las olas, que también resuenan en sus oídos como un murmullo infinito y monótono, como aquellos mantras de los monjes, que repiten una y otra vez para liberar el pensamiento de ataduras y dejar que el espíritu vague libre de las cadenas de su cuerpo.
Ese personaje, serìa el indicado para mirar aquel regalo del mar, aquel objeto traído por las olas, que por un instante paró en la playa que recorría, también por azar (¿o no?) y también sería lo suficientemente sabio, para mirarla un momento, observar sus colores, su textura, pensar -o imaginar- que fortuitas situaciones habrán determinado sus formas y colores, como habría sido su transitar por el mar..., su hogar, hasta llegar a ese punto, en ese momento y lugar, en donde él ahora pudiera coincidir con ella un instante. Y también, lo suficientemente sabio, para no tocarla, para mirar tranquilamente como una ola volvía a arrastrarla de nuevo a su hogar..., o a otra travesía hacia otros lugares, quizá a reposar en otra playa, quizá a servir de hogar (o alimento, quién sabe...) a algún otro habitante del océano. Y mirarla partir sin olvidar que un día la conoció.
Personajes como esos, que ella encontró durante su camino, y que a veces, en el lugar menos esperado, en el momento menos pensado, aparecían de nuevo y le recordaban que todos eran, al fin, vagabundos en ese infinito oceáno.
Luz, 2008.

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