domingo, 4 de agosto de 2013
PIEDRAS, FLORES, PERSONAS...
Un día, un hombre caminaba por el campo. Hay que aclarar que este hombre, caminaba por el puro impulso de hacerlo, sin mucho detenerse a contemplar alguna cosa en específico, es decir, no tenía una motivación especial.
Entonces, mientras transitaba por ahí, en alguna vereda como hay tantas, miró de repente, y a lo lejos, un cierto resplando que le llamó la atención. Era algo en el camino..., lejos aún para distinguir lo que era, pero ciertamente, el brillo se alcanzaba a percibir claramente.
Más por curiosidad que por otra cosa, apresuró un poco el paso para llegar hasta el punto donde provenía, como era intermitente por momentos, intuyó que debía ser algo que reflejaba la luz, quizás sólo un trozo de espejo roto o un pedazo de hoja de lata -pensó.
Por fin llegó hasta el lugar en donde, entre hierbas y tierra, se encontraba esa piedra pequeña y plana que, a medias enterrada, dejaba ver uno que otro destello. El hombre se alegró, pensó que había dado con algún tipo de piedra preciosa (sin pulir, claro) pero que por alguna suerte había quedado ahí y él la había encontrado. Sin mucho pensarlo -y sin examinarla tampoco- la echó a su bolsillo y siguió su camino. Pensaba que tal vez alguien podría verlo y reclamar la gema, así que procuró caminar aprisa y alejarse del lugar.
Pero algo ocurrió entonces, a partir de ese momento, el hombre comenzó a imaginar las historias más fantásticas. A partir de pensar que en su bolsillo llevaba una joya, se le ocurrieron cosas que hacía mucho no pensaba. Recordó los cuentos de hadas de la infancia, las historias de reyes y caballeros, de dulces y hermosas damas que poseían todas las cualidades que podría tener un ángel y para quién estaban hechas las más hermosas joyas, engarzadas con piedras como las que llevaba en el bolsillo, por cierto.
También, mientras recordaba todo ello, su semblante (aunque él no lo notara) dió un cambio. Una sonrisa de alegría sencilla y limpia apareció en su rostro mientras recordaba los momentos felices de la infancia, los placeres sencillos que sólo se conocen y disfrutan teniendo el corazón inocente de los niños, que son felices con cosas tan simples como una sonrisa, una galleta, una tarde de juegos...
Pensó nuestro hombre, que había sido muy afortunado en encontrar algo que era casi como un tesoro, y que estaba ahí, tan a la vista de cualquiera pero que le había tocado a él mirarlo y tomarlo para sí. De repente se acordó que él no creía en la suerte, ni el destino, ni en nada parecido a un milagro; y sonriendo se dijo que tal vez había sido demasiado severo, tal vez demasiado dogmático. Tal ves, sólo tal vez, todo aquello era posible.
Levantó la vista y miró al cielo, "caramba -pensó- hacía cuanto que no volteaba a mirar las nubes..." y cuando regresó la vista a su alrededor percibió que el paisaje era otro, ¿o no?. Era quizá que hacía mucho, tampoco había puesto atención a la belleza de la naturaleza, así sin más.
Y así por fin decidió que ya se había alejado suficiente del lugar donde había encontrado su "tesoro" y pensó que ya era tiempo de mirarla con más detenimiento, de solazarse un poco admirando su hermosura, sopesando su real valor. Metió la mano al bolsillo y sacó la piedra.
Por un momento pensó que había cometido un error, o que por descuido había dejado caer la gema, pero entonces, ¿cómo había llegado a su bolsillo esa vulgar laja del camino?
Porque lo que tenía en ese momento en su mano era una piedra gris y sin valor, un pedazo de canto como hay tantos otros entre la tierra. Nuestro hombre abría los ojos intrigado ¿cómo era posible?, ¿en donde estaba el brillo? ¿en donde la belleza?
La tarde había caído, su espíritu racional le dió la respuesta: una circunstancia, la posición de la roca en el suelo, la incidencia de la luz del sol, su propio punto de vista mientras caminaba a lo lejos. Respuestas reales, concretas, racionales. Hechos duros, la razón siempre acaba imponiéndose -pensó-, no hay magia, no hay milagros, no hay suerte ni destino. Todo había sido una ilusión, o una alucinación más bien, se dijo el hombre, mientras arrojaba lejos la piedra que había llevado todo ese tiempo con él.
Se sintió molesto y frustrado, una sensación de desencanto invadió su corazón y volviendo a su gesto adusto se alejó por el camino sin voltear atrás.
Pero yo creo, que pasado un tiempo, el hombre reflexionó en el hecho de que ese episodio si fue parte de un destino bueno que le fue obsequiado: el poder retomar, en un momento de su vida en que lo necesitaba, la posibilidad de creer y confiar, de saber que hay más de lo que perciben los sentidos como tales y que la ilusión y el amor siempre deben estar vivos y alentando en el corazón.
Piedras, flores, personas..., son instrumentos nadamás. Pretextos, circunstancias que aparecen de pronto para recordarnos esto y dejar en el rostro una sonrisa y en el corazón una caricia.
luz, 2011
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