jueves, 8 de agosto de 2013
APUNTES EN UN DIA GRIS...
La mancha blanca, aunque borrosa, se distinguía en ese plano inmenso y negro. No había nada más, o por lo menos, no lo distinguía. Le resultaba gracioso que un cuerpo tan grande, tan luminoso en esa noche en particular, fuera, para ella, apenas un parche de luz opaca, de contornos difuminados.
Su miopía, claro. Si se calaba los anteojos, seguramente distinguiría mejor. Podría ver hasta las estrellas, pero no, esta vez quería atenerse a sus propios medios -por más que estuvieran ya tan limitados- la hierba bajo su cuerpo era suave y fresca, la sentía aún a través de la ropa, y en sus palmas desnudas que recorrían todo el contorno de su cuerpo, bueno, hasta donde podía alcanzar la medida de sus brazos. El viento era frío, traía consigo olores de la tierra, sonidos de la pequeña arboleda cercana: grillos, chicharras, el silbido de un pajarillo desvelado.
Sí, sólo sus sentidos desnudos y la noche. Era su cura de desintoxicación, su válvula de escape para que la locura no la atrapara. Una carrera para la que ya no creía tener fuerzas, una competencia que cada vez le costaba más trabajo resistir.
El caminar era otro alivio. Pero sólo ahí, en donde no había ojos vigilantes, ni miradas inquisitivas. Entonces podía doblar la espalda, agachar la cabeza y avanzar con la vista perdida en algún lugar del piso. A veces ya le resultaba tan doloroso el mantenerse erguida, el llevar la vista hacia arriba y caminar como quién marcha alegre a un día de campo, a una celebración o al encuentro del paraíso prometido. Todo era una farsa, todo una impostura que había que conservar para mantener a medias la tranquilidad de otros. Y también, claro, para evitar preguntas, para no tener que dar explicaciones. Hacía mucho que había entendido que nadie quería oír lo que tenía que decir, a nadie le importaba. Las personas a su alrededor se movían en una realidad que ella tampoco entendía, por eso tampoco podía culparlos. Era como vivir encerrada en una cápsula de cristal, no, más bien en un extraño material que trasmutaba sus palabras, sus pensamientos. Cuando ella decía algo, a los oídos de los demás llegaba otra cosa, otras palabras, hasta otra entonación. Y lo mismo le ocurría a ella, no podía creer a veces que las respuestas fueran tan distintas, los comentarios tan disparatados. Era como un diálogo de sordos en donde todos aparentaban entender y sonreían. Ella también aprendió a sonreír, a decir que sí a todo y a caminar erguida y tranquila entre todo ese caos que la rodeaba.
Y ahora había que regresar, conforme se alejaba de aquel prado raquítico y triste que ella llamaba "bosque" su respiración se hacía más profunda. Busco en uno de sus bolsillos los viejos anteojos y con un gesto de cansancio los colocó en su lugar. Ahora lo veía todo más claro, pero no hizo el intento de voltear al cielo, la luz artificial de las casas, los comercios, el alumbrado..., de cualquier manera ya no hubiera podido mirar nada, sólo un manto oscuro y sin matices, el cielo que todos miraban, más bien, el cielo que nadie miraba porque no había nada que observar en él. Ya estaba cerca de su casa. Ahora la sonrisa, muy bien, ahí estaba, tranquila y confiada, por último la postura: como quién se sacude el agua después de un aguacero, asi ella sacudió un poco los hombros, recompuso la espalda y levantó la cabeza. Estaba lista, con una última bocanada, tal y como lo hace un clavadista antes de saltar al vacío, abrió la puerta y entró a la iluminada casa a la que todos ahí, llamaban con gran satisfacción "hogar".
luz, 2013
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