
Otra noche de lluvia en la calle. Ya no debería de tomarle por sorpresa y aún así, ante las primeras gotas frías y persistentes, la piel se le contrae y por reflejo trata de hacerse más pequeño en su ya de por sí, disminuido y huesudo cuerpo.
Como sea es una contrariedad, este lugar por lo menos parecía tranquilo para permanecer un tiempo, nada que comer -lo cual siempre era común y por lo tanto soportable- pero tampoco demasiados niños calamitosos y desocupados que lo tomaran como blanco para sus burlas y crueldades...¡niños! sólo de pensar en ellos se hacía un hueco doloroso en su vientre e involuntariamente sus dientes se juntaban en una mueca que parecía agresiva, pero que no era sino el efecto de un temor justificado. En varias partes de su cuerpo guardaba los "recuerdos" que le dejaron los "inocentes" juegos y bromas de varios niños que había tenido la desgracia de conocer. Y pensándolo bien, no sabía que era peor, porque también los adultos..los hombres resentidos y pendencieros, las mujeres maniáticas y prejuiciosas, en fin, que sólo era cuestión de que vieran su aspecto lastimoso, de inconfundible desposeído, para que llovieran sobre sí, primero las miradas y muecas desaprobatorias, luego las palabras ofensivas y soeces y finalmente la violencia física: golpes, patadas, pedradas...todo para alejarlo del vecindario y desterrar de sus vida la miseria.
Después de años de vivir en esas condiciones, había acabado por entender que parte de todo ese odio y esa malevolencia debía provenir de la propia inmundicia personal. La condición de parias que cada quién llevaba en el alma, era lo que los impulsaba a querer eliminarlo porque de esa manera sentían -quizá- que así acababan con sus propias suciedades. Asi pues, en sus reflexiones, él venía a ser como el chivo expiatorio o el pararrayos de las miserias de los demás, que ironía.
La lluvia arreciaba, ¡que molestia! si no encontraba pronto un lugar donde guarecerse acabaría de nuevo ensopado y hambriento a media calle. Pero era difícil, con una lluvia asi, todo acababa convirtiéndose en arroyuelos más o menos grandes y charcos por doquier. El parque por ejemplo, solía ser un buen lugar, las bancas eran cómodas y sabiendo escoger, había inclusive algunas que eran tan confortables como cualquier habitación decente. Claro que ahora todo aquello sería como querer dormir en el pantano (lo cual había hecho en alguna ocasión y no era nada agradable), y además, existía la desventaja de que su abrigo, tomando en cuenta la desnutrición constante y la intemperie que siempre tenía que soportar, ya no le proporcionaba la misma protección que antaño. Ahora era más bien como una cobija raída y andrajosa que además de todo, era responsable también de muchas enemistades porque aunque a él no le importaba ni poco ni mucho, parecía despedir muy mal olor ya que era la nariz, lo primero que arrugaban las personas al verlo.
Y el dolor, ya había notado hacía tiempo, que en cuanto empezaban las lluvias y el mal tiempo, sus extremidades también se lo hacían saber por medio de punzadas que primero eran cortas y ocasionales, pero últimamente eran ya de un dolor que persistía y cada vez era más intenso. No era por cierto, demasiado viejo, o al menos eso creía con algo de optimismo de su parte, pero ciertamente, en su mente se habían borrado fechas y aniversarios y el presente era lo único que realmente contaba. Los recuerdos eran la mayoría de tal manera dolorosos que lo mejor era tenerlos siempre a raya. Y aquellos momentos de felicidad, eran tan pocos y habían sido tan efímeros que apenas los recordaba, por otro lado, parecía que habían sido hacia mil años y en todo caso, no le servían en el presente de mucho. Por ejemplo ahora, que además del frío y la lluvia, los gruñidos de sus intestinos vacíos ya también se volvían fastidiosos.
La noche cerraba igual que la lluvia, desistió de sacudirse como lo había venido haciendo porque ya estaba completamente empapado, resignado a pasar la noche bajo el agua se detuvo pensando donde pasaría más inadvertido. Una cosa era dormir bajo la lluvia y otra que además en medio del sueño a alguien se le ocurriera despertarlo graciosamente con una ración de patadas. Justo en ese pensamiento fue que divisó la lucecita muy baja entre la bruma de la lluvia y la oscuridad de la noche. Conocía ese lugar y con alivio volvió a retomar sus pasos hacia allá, en ese terreno baldío había pasado algunas noches y entre el escombro y la maleza que crecía seguramente habría algún lugar seco y a cubierto. Y además, en este momento, seguramente que más vagabundos como él estarían ahí mismo, ¡vaya! sin pensar hasta algo de compañía tendría. Y asi fue, dió unos pasos entre cimientos derruidos y montones de tierra, y la luz que había divisado se convirtió en el fuego que otro de sus semejantes había encendido a resguardo de un techo a medio derrumbar. Se acercó con la confianza que da la hermandad de sufrimiento y carencias y buscó lugar donde acomodarse cerca del hombre que también calentaba sus manos esqueléticas ante la pequeña fogata.
Y el hombre, que en ese momento descubría de su grasienta envoltura de papel un pan a medio comer, relleno con algo indefinible que parecía carne, se volvió al perro mojado y macilento que se había acurrucado junto a él ofreciéndole un trozo de su manjar mientras sonreía y balbuceaba con simpatía:
-Come compañero, alcanza para ambos..., y que bueno que encontramos este lugar, ya me imaginaba que pasaría otra noche mojado y a descubierto en esas calles de Dios. Pero ahora, por lo menos tenemos una suite de lujo, una cena de gourmet y lo mejor...compañía.
Y el perro movía su cola pelada mientras atacaba ferozmente su personal maná celestial.
Luz, 2007
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