domingo, 14 de octubre de 2007

EN EL NOMBRE DE DIOS (II)



He tenido durante mi vida pocas, muy pocas amistades. Entre ellas, una, siempre me ha demostrado por sí misma ese misterio que puede llegar a significar el mantener una afinidad con alguien que puede ser la cara opuesta de uno mismo. Alguien con quién, aparentemente, sería más fácil tener animadversión y que no obstante, al paso del tiempo, se convierte en una amistad entrañable..., de años de complicidades, confianzas, alegrías y penas compartidas.


Ahora, después de todo este tiempo, de repasar cuantas veces esta amistad se ha visto a prueba por factores tan comunes y corrientes, tan inesperados, tan extraños a veces, me es difícil aceptar el motivo por el cual, por fin, esa relación de tantos años viene a resquebrajarse. Como en aquel cuento de Allan Poe, en donde describe la vieja casa que a partir de una fisura imperceptible, apenas visible en la base de uno de los sólidos muros, acaba por ensancharse inexorablemente hasta partir en dos la vieja casona y derrumbarla hasta sus cimientos.


Así lo siento, porque me di cuenta un día, de esa fisura casi invisible, de esa pequeña grieta que se abrió entre los muros que se levantaron con años de confianza y afecto y lentamente fue minando la tolerancia, la comprensión, el buen humor, todo lo que afianzaba esa amistad. Pasa como todo, una serie de eventos que por sí mismos no nos dicen nada, detalles -que ciertamente- vienen a ser la piedra de toque de las enormes empresas. Detalles que pueden acabar con una obra de arte y que pueden engrandecer un trabajo modesto. Detalles que se van acumulando uno tras otro y un día, cuando aparecen en su conjunto, cuando podemos por fin, quitar el velo que no nos deja mirar más allá de nuestra nariz, nos impresionan doblemente: por su magnitud, y por la ceguedad que hemos tenido para no darnos cuenta de ellos hasta que se han salido no sólo de nuestras manos, sino de toda ponderación o esquema.





El tiempo, la distancia, algún malentendido que se creyó insuperable, las humanas flaquezas de las que tenemos abundancia -envidia, celos, egoísmo- nada de eso fue suficiente para derrumbar una relación sencilla y verdadera que sólo necesito tiempo y su afecto sincero para regresar siempre..., con una sonrisa, un café, un vaso de vino o un par de asientos en algún cine, teatro, o cualquier parque..., por eso es que es aún más impactante, doloroso al fin, el darse cuenta que la amistad se acabó. Y sacar en claro los motivos, resulta más triste aún, porque implica el reconocer que las circunstancias que intervinieron, tienen que ver la pérdida -o peor aún, la inexistencia- de valores que se daban por sentados. Uno de ellos, la tolerancia, otro, tal vez, la amplitud de miras, la capacidad de razonamiento, de pensamiento objetivo y crítico, más importante -para mí- el buen humor, la inteligencia...





Cuando nos enfrentamos a la estrechez de miras, al fundamentalismo irracional, al dogma de fé que no permite la mínima autocrítica y cuyo primer mandamiento es: "el que no está contigo, está contra tí" no hay mucho que quede por hacer. Cualquier comentario, toda posibilidad de debate, controversia, discusión para tratar de que entre un rayo de luz en la oscuridad del dogmatismo se vuelven en ataques y atraen, en lugar de la cordura y buena voluntad de la añeja amistad, la desconfianza y la amargura de quién ve a un enemigo en cada persona.





Y no hay manera de reparar los daños, porque también uno, probablemente, contribuyó a agrandar la brecha (aún cuando haya sido sin intención) al apelar constante e inopinadamente al tácito acuerdo de acudir siempre al sentido común, al buen humor, a la paciencia y en el último recurso, a la amistad fraterna. Ese sentimiento que siempre había sido compartido, de saber que nada era tan grave que no pudiera discutirse, nada tan definitivo que no pudiera mirarse desde la perspectiva del tiempo compartido desde hacía años ya. Esa seguridad que nos hace cegarnos ante las señales de que algo no marcha como usualmente, que asi como el agua acaba por horadar la roca, también ciertas actitudes acaban por resquebrajar el afecto.



No sé si el militar de tan ciega manera en una secta (que no puedo llamarla de otra forma) tenga marcha atrás sin que haya lesiones permanentes en la personalidad de un individuo. Si en algún momento, cuando los ídolos de barro se desmoronan, no arrastren en su caída a todos los que ciegamente quemaban incienso ante sus efigies. No sé, por ejemplo, si exista ese "paraíso" que les es prometido a los terroristas que se inmolan en pro de una "guerra santa" llevándose consigo a todos los "infieles" que se puedan, o si el despertar de una alucinación colectiva, si algún día se llega a despertar, no provoque un vacío de pensamiento aún peor que el que orilló a esas personas a dejar tras de sí, convicciones, familia, amistades, bienes.., su propia identidad.

No lo sé, y probablemente nunca lo averigüe, porque ante la persona de quién un día fue tan gran amiga, no quiero permanecer como atenta espectadora, mientras todo aquello que un día nos mantuvo unidas ante toda adversidad, viscisitud, alegría, o casualidad, es ahora, un recuerdo que a mí me duele y ella simplemente ha borrado de su mente.



Ya detallaré en otra ocasión, una más de las causas por las que toda religión, credo, catequesis...., y plataforma política, me causa urticaria.



Luz, 2007

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