
Abuela, higuera.
La higuera sigue igual.
La piedra redonda y desgastada;
festones de verdín en el húmedo borde la fuente.
Alfombra de hojas secas acompaña,
con su sordo crujir,
los pasos que recorren, lentamente,
el patio descuidado de nuestra vieja casa.
Al pasar se agita un trozo de cuerda podrida,
polvorienta,
que aún pende de una rama negra y gruesa...
al momento,
los ecos de risas infantiles salen de los rincones,
de la fronda marchita y macilenta,
y llega hasta el olfato el almíbar aroma
de la negra fruta robada de las crestas.
Todo sigue igual y ya no hay nada.
Dulce niñez de juegos infantiles
en un patio que fue reino encantado,
poblado de sueños y proezas,
cuando en su señorial trono de piedra,
con la serena majestad de su cana cabeza,
las manos arrugadas descansando en la falda,
nos miraba la abuela.
Suave regazo,
cuna primera y refugio seguro
cuando llegaron también las lágrimas primeras
y con ellas, al punto las primeras tristezas.
Su viejo delantal,
las gastadas sandalias,
las manos duras y callosas,
que con tantan ternura lavaron aquellas
caras niñas manchadas por la tierra.
Todo sigue igual y ya no hay nada,
¿o tal vez si?
cuando cerré la puerta de la casona vieja,
cuando le di la espalda a aquella fuente seca,
al árbol casi muerto,
a mi infancia acabada...
a los sueños perdidos
de héroes en monturas de cuerdas..
No todo se acabó,
en el fondo de mi alma, se quedaron por siempre
la abuela, mi abuela...
y el árbol de la higuera.
luz, 2009
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