
Romántica empedernida e irredenta (por si aún no se notaba), decidí un día -después de leer por enésima vez las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer- que no había absolutamente nada más que añadir a lo ahí descrito y que cualquier cosa que yo (pretenciosa y absurdamente, claro) escribiera no tendría por ello, valor alguno.
Pero seguí escribiendo, y seguí leyendo, y recorrí un mínimo y básico catálogo de poetas, amorosos y no, admirando a cual más la inspiración y asombrosa exactitud de aquellas rimas (y no-rimas) tan emotivas, geniales, y deslumbrantes.
Y aún así seguí escribiendo, curiosamente, mientras más leía y releía, más era el impulso de escribir y expresar (sí, yo también) aquello con lo que me sentía tan identificada y cercana, y aún más cosas que sólo apenas vislumbraba en esas palabras que al influjo de mi empatía se volvían cábalas mágicas y premonitorias.
Escribo pues, porque es necesidad y también placer. Y un placer que mientras más practicas menos encuentras el hartazgo o la impaciencia sino hay en ello la tranquilidad y el equilibrio.
Escribo sin importar si es bueno o malo, que al final, los juicios de valor me son irrelevantes en tanto que yo misma soy mi propia censora y crítica.
Escribo sin pensar si en la forma es un poema, un cuento, una charla o una perorata carente de sentido (como lo presente, por ejemplo, y en todo caso, su falta de sentido podría ser el sentido...vaya)
Tampoco me detengo a pensar si alguien compartirá, gustará o abominara mis desvaríos; total, gustos hay para todo.
Escribo simplemente porque es, a más de todo, un privilegio. El poder detenerse y tener este romance o aventura o cómplice relación con el lenguaje y el pensamiento, y estar un momento a la orilla de un espacio en blanco, como quién se detiene a la orilla del océano, y cerrando los ojos, lanzarse de lleno en la gozosa experiencia de escribir.
Luz, 2008
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