
Crecí en un ambiente familiar donde los integrantes mayores -hoy llamados adultos en plenitud o personas de la tercera edad, antes sólo les llamábamos "viejos"- fueron educados o quizá debería decir: acostumbrados, a creer en Dios a la manera católica: Dios, la trinidad, la virgen María, ángeles, arcángeles, infinidad de santos, etc., ah sí, y por supuesto la competencia: el diablo, el infierno y el pecado.
Todo esto, sin olvidar claro está toda una suerte de creencias, convenciones, usos y costumbres poco relacionadas con el catolicismo y más cercanas a las raíces prehispánicas de la herbolaria, las creencias animistas, supersticiones y métodos alternativos de enfermedad/sanidad, felizmente reunidos en una forma de sincretismo muy a la mexicana.
De tal manera, que lo mismo asistíamos con obligado (nunca mejor empleado el término) respeto y sumisión a las festividades del calendario católico más señaladas -a saber: semana santa, navidad, etc.- que de igual manera cumplíamos con algunas condiciones necesarias para evitar "el mal de ojo", asegurar el buen funcionamiento de un negocio, evitar el labio leporino en no-natos si su madre permanecía en la calle durante un eclipse, y así como eso mil sucesos aleatorios más. Muchos sacerdotes inclusive alentaban estas prácticas (tomando en cuenta que venían del mismo grupo socio-cultural y que pocos tenían -y tienen- más instrucción que la mínima requerida para esos menesteres)
Así y todo, fue siempre para mí una especie de actividad entre festiva y reverente el acudir a la iglesia y mirar desde mi corta estatura la bóveda acabada en molduras de estuco que trataban de imitar las grandes catedrales de otros países. Los rostros serios y torturados de las estatuas de santos ataviadas con sus ropas seculares (sus muecas invariablemente eran de un dolor inexplicable, creo que esa era la primera señal que nos llegaba acerca de que el amor y servicio a Dios, tenía que conllevar irremediablemente el sufrimiento). El rostro siempre joven y sonriente de la virgen que, sola o cargando su niño Jesús, miraba con ojos entornados esperando las miles de súplicas y pedimentos de los fieles. Y todo ello, con el trasfondo de un órgano que de repente dejaba escuchar sus graves notas en el recinto, el murmullo monocorde de los congregados rezando (¿recitando de memoria, cómo un merolico?) las devociones, y el olor inconfundible del incienso que cubría como un jirón de nube las cabezas inclinadas. Eso era la iglesia para mí, un espéctaculo bastante interesante y no exento de encanto si se le mira bajo la perspectiva de una niña que, vestida de blanco durante el mes de mayo, pasaba al altar de la virgen con un ramo de flores para depositarlo a los pies de la efigie y pensaba con total convencimiento y absoluto fervor que era afortunada de poder estar entre los ángeles que por ser buenos e inocentes podían mirar el rostro de la madre de Jesús con libertad.
Pero los sueños pocas veces son tal cual los imaginamos (debo decir que la realidad también es poco confiable en ese sentido) y conforme fui creciendo, también fueron creciendo las preguntas y las dudas razonables que de todo aspecto también iban dirigidas hacia la comprensión del dogma. Primer error craso, el dogma no se cuestiona, es artículo de fé, se cree o no, no hay razón ni argumento. Algo difícil de aceptar para alguien que siempre quiere saber "¿porqué?" , y de ahí comenzó la debacle, pero nunca tan duramente revelada como el día en que di media vuelta de mis infantiles fantasías y abandoné de una vez y para siempre todos aquellos rituales y convenciones de la "iglesia católica" y sus trabajadores.
Y sucedió que un día, ya algo mayor y por lo mismo algo más desconfiada y cada vez más alejada del sacro misticismo y el misterio de la santísima trinidad, fui enviada en busca de mi hermano menor que ya se había retrasado en su lección de catecismo que lo preparaba para la primera comunión, acontecimiento que él esperaba con gran espectación.
LLegué a la iglesia de la colonia, en donde se impartían las lecciones y no lo vi con los otros niños que jugaban por ahí. Al preguntarles, me dijeron que ese día habían tenido un exámen, y que mi hermano, no lo había terminado a tiempo, asi pues tenía que terminarlo para poder irse a casa.
Entré entonces a la iglesia, en ese momento, estaban oficiando misa, pues era la hora y pensé que tal vez lo habían llevado a la sacristía para terminar su prueba. Cuando caminé hacia la puertita que comunicaba la nave con las oficinas pude ver a mi hermano, hincado en el piso, utilizando la banca como pupitre y con enormes lágrimas escurriendo por su cara de niño. Me llené de angustia, fui hacia él tratando de imaginar que cosa podía hacerlo llorar con tal sentimiento y tal vez por eso, no reparé en el hombre que estaba a su lado, hasta que yo misma estuve junto a él y entonces pude escuchar el terrible discurso que el tipo aquel le decía a esa criatura llorosa y temblorosa hablandole en susurros pero con un gesto terrible y acusador mientras lo increpaba y le amenazaba con los demonios del infierno y la condena de su alma por no saber los mandamientos.
Han pasado ya algunos años, no tantos como parecieran, porque cada vez que lo recuerdo, me parece que ha sido ayer y vuelvo a ver el rostro agrio y arrugado de aquel ser perverso (ministro de su iglesia) con su siseo malévolo y el brillo malsano de sus ojos cada vez que lograba arrancar una lágrima más de ese niño indefenso ante su maldad. Todavía recuerdo la rabia que me impidió tomar una actitud más contundente y solamente pude empujar con todas mis fuerzas ese cuerpo renegrido (más por su maldad que por su sotana) para apartarlo de mi hermano y gritarle que lo dejara en paz, que sólo era un niño.
Todavía recuerdo como salí por el pasillo medio de aquella iglesia y en cada paso que daba hacia la salida me juraba que nunca más volvería a creer en santos, virgenes ni dioses.
Hoy día, con algunos años más, muchas más preguntas sin respuestas, y algo de camino andado creo que he aprendido a detenerme un poco y tratar de analizar no sólo un aspecto de una cosa. Escucho, leo y me entero cada día de todas las atrocidades y horrores de los ministros de la iglesia en contra de niños indefensos. De líderes religiosos fundamentalistas que tienen el terror como bandera en la que envuelven a su dios. De dogmas de fe que obligan a dejarse morir por un cretino que se arroga mesías. De tantas cosas que se hacen y se dejan de hacer en nombre de dios y de la fé, que me alegro que mi hermanito sólo haya sufrido de un episodio de tortura mental y psicológica que confío que no haya dejado huella duradera en su alma.
Pero algo es seguro, sigo repudiando por ello, todo lo que huele a religión, fundamentalismo, sectarismo o dogma y más si se presenta "en el nombre de Dios..."
Luz, 2008
No hay comentarios.:
Publicar un comentario