
Las 9 am. tiempo justo para bañarse, tomar un sorbo del vaso de jugo (orgánico) servido con premura y salir corriendo a enfrentarse con el tráfico por las avenidas hacia la oficina del cliente que tiene cita a las 9.45 am. (claro, a una ejecutiva de su nivel y sus atributos se le permiten algunos minutos de retraso, pero siempre es mejor ser puntual). En el alto de un semáforo voltea a ver su cara con la cantidad exacta de maquillaje para verse exactamente a la última moda: sin maquillaje. Lo mismo sucede con su atuendo, lo suficientemente formal y descuidado para verse casual pero sin que deje de notarse el buen gusto y los detalles que indican que puede faltarle todo, menos el estilo.
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Las 4.30 am. tiempo justo para levantarse y poner agua a calentar en la estufa para que su esposo (siempre reacio a levantarse) pueda por lo menos lavarse con agua no tan fría. Y también hay que calentar la leche (ya queda poca) y preparar los frijoles para que coma un bocado y también pueda llevar su torta ("almuerzo mujer, suena más elegante" así le dice siempre con la risa más en los ojos que en los labios) que será el único alimento decente que pruebe durante todo el largo día de trabajo. Mientras acarrea cubetas y revuelve trastos en la estufa se "peina" levantando su pelo en un chongo que ni siquiera voltea a ver y lava su cara con la fría agua de la pileta, en la débil luz del amanecer, en el espejo del agua medio quebrada le parece que su cara está un poco maltratada tal vez debería hacer un esfuerzo y comprar esa crema que su vecina le ha insistido tanto, "para desaparecer las arrugas -dice ella- y verte bonita y juvenil". Sonríe, vuelve a ver la sonrisa de su marido cuando le dice: "si fueras más bonita sería pecado".
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Medio día casi, la cita con el cliente no fue tan buena como esperaba, aunque llegó a tiempo olvidó en casa algunos documentos que eran necesarios para explicar algunos detalles y no pudo cerrar el trato, debió copiar todo a la memoria de su laptop pero esa maldita costumbre de confiarse de los subalternos, su asistente olvidó recordárselo (ya que no tuvo la iniciativa de hacerlo ella misma) y eso le jodió el asunto, en fin, ni lamentarse es bueno. Ante todo nada de stress ni "malas vibras" que por lo menos para eso sirva el curso de yoga que está pagando (el instructor está que "se cae" de bueno y por otro lado, ni modo de no estar al día en lo que tenga que ver con prolongar la juventud, la belleza, la energía...ah y claro, la salud) todo esto lo platica a una de sus amigas con quién se reunió a tomar un "snack" (ni desayuno ni comida... snack, por más que algún despistado siga diciendo "almuerzo") mientras trata de elegir entre un montón de fuentes de verduras y frutas crudas en el restaurant vegetariano.
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Casi es medio día, esto lo sabe por puro cálculo ya que desde muy temprano, cuando salió de su casa después de haber dejado todo limpio y "levantado" ha estado encorvada limpiando pisos y planchando la ropa de esa casa en donde la recomendó su vecina. De hecho, este era el trabajo de ella, pero hoy tenía que acudir a su junta de vendedoras y le pidió que la supliera. Mientras plancha con cuidado las prendas, piensa que el trabajo le ayudará porque pronto será el cumpleaños de su esposo y sabe que le hacen falta muchas cosas, pero principalmente quisiera poder comprarle unos zapatos que vieron un día en un aparador y que -aunque no se lo dijo- ella notó cuánto le gustaron. Sonríe, lo que le paguen hoy servirá para comprárselos. Y tal vez, si se da prisa -porque todavía queda bastante por planchar y sacudir- le diera tiempo de pasar por la tienda y comprarlos de una vez. Su estómago hace ruido, le recuerda que sólo tomó una taza de café medio aguado en la mañana (la leche era poca y ya no alcanzó) pero se acuerda que también su esposo estará trabajando duro en la fábrica donde por fin consiguió empleo y vuelve a sonreír. Ya comerán bien y caliente más tarde, cuando se encuentren por la noche en su casa.
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Son las 6 pm. y por hoy no piensa hacer nada más. El día transcurrió entre llamadas por teléfono, discusiones medio tensas con el jefe ("jefe" jaja, sólo porque su familia es la dueña de la empresa, pero de capacidad: nada. Si lo sabrá ella) Uno de sus muchos amigos-pretendientes-compañerosdejuerga, le llamó para invitarle una copa y ni lo pensó. Al diablo con lo que haya pendiente, a esta hora ya es pecado quedarse en la oficina. Se despidió de la asistente (¡asistonta!, no se me olvida que me echó a perder la cita de la mañana) y volvió al auto para dirigirse al bar donde tenía su cita. En un semáforo mientras esperaba para avanzar retocó su maquillaje (su NO-maquillaje, que buenos productos, por cierto, un poco costosos, pero en verdad que aguantaban el trajín de toda la jornada. Parecía, literalmente, que no había hecho nada! durante el día)
Cuando llegó tuvo que dar varias vueltas buscando lugar para estacionarse, ¡que fastidio con estos lugares! tan monos y de ambiente, pero ni donde estacionar el auto . Por fin encontró pero un poco retirado, ni hablar, es aquí o seguir dando vueltas. Caminando por la acera tuvo que esperar el cambio de luz de un semafóro para cruzar la calle, se fijó entonces en la mujer que también esperaba cruzar a su lado. Seguramente no vivía en ese rumbo, la facha la delataba, pero le llamó la atención porque sin ningún maquillaje (ella si que no llevaba nada) su cara se veía tan limpia y su piel morena tan tersa. Su ropa gastada y corriente la llevaba con tan natural aplomo que no parecía sino que la había comprado recién en cualquiera de esas tiendas exclusivas que ella visitaba tan a menudo. Cuando cruzaron la calle y ella siguió derecho hacia el bar, la mujer se detuvo frente a un aparador de zapatería, volteó a mirarla por último y la vio sonreír frente a los modelos de hombre. Sin saber porqué en su corazón sintió un dolorcito leve que no supo identificar de momento. Igual de rápido que llegó, lo olvidó al entrar al ambiente bullicioso del bar.
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Las 6 pm., sintió un poco de angustia porque ella creyó que podría irse más temprano, pero tuvo que esperar que llegara la dueña de la casa para que le pagaran su día de trabajo. Ya no le iba a dar tiempo de comprar los zapatos, de hecho, tendría que apresurarse para llegar antes que su esposo y tener tiempo de preparar la cena. Mientras caminaba entre las calles pensaba que haría de comer. Su esposo era muy dulce, por más que llegaba cansado y que la comida siempre era tan sencilla, no dejaba de alabar su buen sazón y tenía para ella sólo palabras cariñosas. Nunca se quejaba y por el contrario, hacía bromas y el tiempo que pasaba antes de que se quedara dormido (no podía evitarlo, el trabajo era duro y en realidad con tan poco alimento y poco descanso, el sueño le vencía) era de risas y besos. Como siempre le pasaba, al pensar en él aparecía una sonrisa en su cara, quizá por eso esa señorita tan elegante la había mirado con tanta insistencia mientras esperaba para cruzar la calle. Ella también la miró -de reojo, claro- parecía de esas modelos de las revistas de cremas y maquillajes de los que vendía su vecina. Y su ropa, seguramente que sólo la blusita tan delgadita y chiquita costaba más que lo que ella ganaba en tres días de trabajo. Ella pensó que con ese dinero, podría remediar tantas cosas que les faltaban en casa. Una blusa así, de todos modos a ella de que le serviría, ni figura tenía, y además, hasta se sentiría incómoda con esos trapos. Ah, pero los zapatos de su amor..., cuando cruzó la calle se quedó parada frente a una zapatería admirando los modelos de hombre y pensando que bien se le verían a su esposo. En ese momento se olvidó de la mujer que había visto.
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Mejor ni voltear a ver el reloj, seguro que pasaba de la media noche, acostada de lado en la amplia cama como en otras ocasiones, el sueño no llegaba. Había tomado un libro para leer, pero pasaba las páginas sólo para darse cuenta que no recordaba que cosa había leído. Por fin se fastidió y apagó la luz, en la oscuridad se quedó pensando que le hubiera gustado que su amigo se quedara con ella esa noche. Se llevaban tan bien, era inteligente, divertido, buen amante -de hecho, todos sus amigos lo eran, de eso se preciaba, ella no se relacionaba con cualquiera, sus parámetros eran tan altos como ella misma- en el bar habían bebido unas copas, bailaron un poco entre un par de mesas riendo y socializando con varias personas a cual más de divertidas e interesantes como ellos. Después fueron a su casa y después de tomar otro par de copas, tuvieron una sesión de sexo deliciosa. Verdaderamente era algo especial ese hombre, sólo que después de acabado el rato de pasión, le había dado un beso, y vistiéndose a toda prisa se marchó, como siempre prometiendo volver y regalándole un "eres adorable, sabías?" antes de cerrar la puerta. Ni pensar en pedirle que se quedara, le hubiera mirado con sorpresa y luego, con esa sonrisa irónica y cruel con la que se solía despedazar a quién le molestaba, le hubiera dicho: "¿cómo?, ¿no me digas que te estás poniendo romántica?". No, primero muerta que parecer débil, o demostrar algún tipo de dependencia. Todo menos eso, ella era una mujer autosuficiente, exitosa, práctica, segura de sí misma y triunfadora. De ninguna manera una perdedora como...como esa mujer de la tarde, esa seguro que no tenía nada: una ama de casa, una lumpen que sobrevivía como sirvienta y cuya única aspiración en la vida debía ser atender a un marido y unos hijos. Al compararse con ella quiso sonreír, pero no pudo, la misma ardiente punzada que había sentido en su corazón cuando la vió ante aquel aparador regresó. No pudo, o no quiso, darle nombre. Se levantó, en el baño sacó el frasco de pastillas para dormir y con una rabia que no sabía de donde salía se tomó dos y regresó a la cama a esperar que hicieran efecto.
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Ya debe pasar de media noche, seguramente, sonriendo en la oscuridad acaricia el pelo de su esposo dormido y lo arropa dulcemente, trata de levantarse con cuidado porque el brazo de su hombre abraza su torso y cuando siente que se mueve da un gruñido suave y la afianza con más fuerza, ella besa su pelo y le susurra que va a recoger la mesa en donde quedaron los platos y vasos sucios de la cena, que va a preparar la ropa que llevará mañana y dejar listos los botes de agua para su baño. El vuelve a protestar, la atrae aún más junto a él y esconde su rostro entre los pechos morenos y cálidos, entre besos le vuelve a decir que deje todo, que se quede con él, que la necesita porque sólo entre sus brazos se siente seguro y se le olvida el cansancio y las penurias. Con su boca contra la suya le susurra cuánto la ama, lo hermosa que es y lo afortunado que es al tenerla a su lado. Ella de repente, sin saber porqué, mientras se mueve y gime al hacer el amor una vez más con ese hombre maravilloso que es su esposo, se acuerda un instante de la mujer que vió por la tarde y también, sin saber porqué, piensa que esa señorita tan elegante y fina, tan bien vestida y arrogante, tendría mucho que envidiarle.
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Luz, 2007.
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