martes, 14 de agosto de 2007

ADIOS A SILVESTRE...




Hay una región en este nuestro mundo que por sí misma es inhóspita, y sin embargo, rica en especies: aves, mamíferos, peces, reptiles. Se extiende desde las costas de la Patagonia al sur del Continente Americano y recorre hacia el norte hasta el Ecuador y las islas Galápagos. Un paisaje de costas rocosas y agrestes, olas fragorosas, vientos inclementes y temperaturas extremas.

Pero todo esto es alimentado por la propia naturaleza, una corriente de agua fría y rica en nutrientes (la corriente de Humboldt) llega constante y puntual para proveer de alimento (el krill, un crustáceo pequeñísimo pero abundante) lo mismo a peces, pingüinos, cachalotes y toda una extensa cadena de especies que a la sombra de esta generosa corriente viven y se reproducen en esta región lejana y salvajemente hermosa.

Pero llega a suceder que por temporadas, otro fenómeno natural se presenta: es el Niño, un fenómeno meteorológico que aumenta la temperatura del aire y las corrientes. Cuando eso sucede, la corriente fría y benefactora que alimenta a todo ese ecosistema, no se presenta. Y llegado ese momento, los peces se agotan o se van, las aves migran, y los pocos habitantes que no pueden marcharse mueren junto con sus crías. Hasta que el fenómeno se retira, la corriente regresa y la vida vuelve a surgir.

El calentamiento global de la tierra, ha provocado que el fenómeno del Niño, que solía presentarse en raras ocasiones, sea cada vez más frecuente, con lo cual (puede adivinarse) tal vez llegue el momento en que todo aquello se vuelva un páramo yermo y desolado y el mar sea únicamente un gigante siempre furioso estrellando su poder contra las afiladas rocas, sin vida en sus profundidades.


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Silvestre* iba y venía como una corriente bienhechora, trayendo consigo momentos de exasperación, de enojo, de intriga, pero también preciosos momentos de dicha, de calma, de fascinación y placer.

Pero ahora Silvestre se ha ido por fin.

No se fue físicamente. Sigue ahí, supongo. En algún lugar del mundo sus ojos miran a su alrededor con desdén, desde la superioridad de su indiferencia.

Sus pasos lo llevan por donde quiere y nunca, porque no lo ha hecho nunca, voltea hacia atrás para lamentar lo que dejó ni festejarlo tampoco. Su andar indolente lo arrastrará tal vez a otros hogares o el sol lo encontrará en cualquier parque, en algún lugar seguro desde donde seguirá observando imperturbable el angustioso transitar y devenir de aquellos que -menos afortunados que él- todavía vivimos atados a nuestras pequeñas necesidades y temores.

En algún lugar, su presencia llevará quizá, el mismo alimento que alguna vez, conmigo, hizo crecer y reproducirse, sueños, deseos, risas y nubes que materializadas fueron el vehículo para que pudiera viajar por donde no imaginé o planeé.

La naturaleza misma que lo acercó a mí, se lo llevó ahora. Llegó para mí un particular "Niño" que alteró la rutina y al igual que en aquellas lejanas regiones, devastó y dejó en sequía lo que se mantenía vivo en un equilibrio precario y endeble.

Probablemente Silvestre vuelva un día, o tal vez no, lo que me queda claro, es que ahora que todo lo que había entre nosotros ha muerto, no importa si regresa o no, aquí ya sólo quedan cadáveres que no tardarán en volverse polvo y serán llevados por ese mismo viento helado y cortante que es lo único que se escucha ya aquí.


Luz, 2007

* Ver en este mismo blog "Silvestre o el gato transformista"

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