domingo, 17 de agosto de 2014

MISANTROPÍA





Misantropía, cualidad de misántropo. 
Misántropo (a), persona que por su humor tétrico manifiesta su aversión al ser humano.



No, soy simplemente una contradicción que camina.
Una sinrazón que se expresa con propiedad en un caos de ideas, una máscara con apenas unas pinceladas de decencia y que oculta un cuadro en que se mezclan todos los tonos de grises, de ocres, de violetas.

Tal vez no, tal vez sea tan ordinaria, tan común y corriente que me invento esta fantasía de la complicación,
del misterio, del acertijo para convencerme de que no soy más que otro grano de arena igual al que está a mi lado en una playa como tantas otras. Una medianía, sencillamente alguien del montón.

Pero soy vieja, no tanto de físico como de alma. Soy vieja y miro con temor y reproche el mundo que me rodea. Señalo con dedo de fuego a la realidad y esgrimo con vigor la antigua sentencia: "en mis tiempos...", y también me callo enseguida, retiro la mano y cierro mis labios porque me atemoriza el estado salvaje en que vivimos.
Salvaje entre la modernidad, entre la tecnología, entre la automatización y la producción del "úsese y tírese". 
Salvaje, entre la deshumanización y la pérdida de la individualidad, entre la ausencia de valores y la nueva teología en que la deidad es, ya no el vellocino de oro, sino el poder. El poder absoluto, el poder tirano y amoral.

Quisiera vivir en un mundo de paz, de armonía, de tolerancia los unos con los otros; pero sigo sin aceptar a las personas bajas, ineptas y desvergonzadas en su estupidez. No aguanto ver que no exista la autocrítica, la humildad, la disposición de escuchar y admitir, consensar, en una palabra, respetar.
Respeto, que concepto tan en desuso, tan obsoleto, tan abandonado.

Adoro a los niños, me parecen la prueba fehaciente de que hay un Ser superior que aún tiene fé en este mundo y sus criaturas. Los niños son ángeles dejados en esta tierra para bendecirla. Los quiero y sin embargo, desearía que no naciera ni uno más. 
O en su defecto, que hubiera manera de desaparecer de la faz de la tierra a esos humanos que matan, que golpean, que esclavizan a esas criaturas que deberían ser veneradas en su indefensión, en su amor, en su inocencia y su santidad, sí, estoy convencida de que los niños tienen esa cualidad de santidad, per se, y nosotros, deliberada, sistemáticamente la vamos enfangando con nuestras torpezas, con nuestras idioteces, con nuestro salvajismo.

Sé que puedo dar amor. Único, irrepetible, sublime. 
Pero lo guardo en un arcón tapizado de espinas, inundado de veneno, enterrado bajo una pila de piedras afiladas. 
Que no sea para nadie, que nadie se atreva a tocarme siquiera, porque cuando lo han hecho, tarde me ha parecido para probarlos con esos tormentos, para ahuyentarlos con mi amargura. "No quiero sufrir" me digo, y bajo esta ley, hago que los pocos despistados que se acercan prueben el veneno de mi inseguridad, de mis demonios, de mis complejos y mis miedos.

Una medianía, eso es lo que soy. 
¿Misántropa?, no, demasiada palabra para alguien que sólo padece la condición de un maníaco-depresivo, común y corriente.

luz, 2014

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