jueves, 7 de noviembre de 2013

TESTIMONIO







Lo amé y lo amo, sí.
De la única manera que pude, 
que entendí entonces,
como sigo amándolo hoy.
Con ese miedo que me mordió los intestinos,
con la humildad de quién mira las alturas
sabiendo que no hay manera de alcanzarlas,
pero con la temblorosa flama de la esperanza
ardiendo en todo el cuerpo.

Lo amé y lo amo, sí.
De esa única manera 
estúpida, irracional, desesperada,
lo amé cuando entendí que se alejaba,
cuando le dije adiós.
Con ese mismo miedo,
sabiendo que en la comparación podía salir perdiendo,
pero con la incierta seguridad de que ese amor,
ese amor extraño, ilógico, asustado,
ese amor absoluto, 
acabaría por reunirnos y abrasarnos de nuevo.

Lo amé,
lo amo aún...
En su honor sigo llenando páginas,
siguen ardiendo lágrimas y sollozos
en el secreto altar de su recuerdo.
Su nombre aún lo repito como repite un niño,
la dulce oración que la madre le enseñó de pequeño,
y su risa, y su voz,
sus gestos, y palabras de amor,
son el templo adonde llegan siempre a reposar
mis días de tristeza, de alegría,
todos mis sueños.

Sí, lo amo aún,
¿cuánto? ¿hasta cuándo?
Pongo a Dios por testigo:
yo soy la primera que quisiera saberlo.


luz, 2013

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