viernes, 4 de octubre de 2013

UNA HISTORIA III






Soñaba con un príncipe azul. Sí, así tal cual se leen en los cuentos de hadas, en las historias de amor. Pero no todo era fantasía, había crecido en una familia en donde los matrimonios (por más que fueran infernales, mal avenidos, disfuncionales...) eran para toda la vida. En mi caso, en mi universo de niña consentida, no era tan terrible el panorama. La historia de amor de mis padres me parecía un vivo ejemplo de que "el amor eterno" era completamente posible y realizable. Pasaron muchos años para que yo me enterara de las andanzas de mi padre, de los arranques de ira y la intransigencia de mi madre, de las amargas peleas que se libraban lejos de nuestros oídos y ojos. Ante nosotros, mis padres eran -por lo menos para mí- el "Ideal", el amor a toda prueba, la pareja destinada a vivir unida "hasta que la muerte los separe".
Y eso quería para mí, ¿quién podría culparme?, ¿quién podría señalar como utopía el querer a un hombre fuerte y entregado, amoroso y solidario, honesto y fiel?
Pasaron los años, el príncipe tardaba en llegar y yo desesperaba. Cierto, no era guapa, ni atractiva, sólo tenía a mi favor mi cacareada inteligencia, mi disciplina, mi paciencia, el medallón de "buena hija" que llevaba grabado en el pecho como una divisa que, por cierto, nadie más que mi familia podía ver y no se cansaban de alabar en público. Pero yo no quería el reconocimiento de aquella multitud de personajes ancianos y condescendientes, no: yo quería el AMOR, así con mayúsculas, el amor que pudiera hacer que todo aquello, lo poco o mucho que había logrado hasta entonces tuviera un sentido, un fin, su verdadera razón de ser. Y yo guardaba todos los logros, todos los halagos, todos los triunfos -pequeñas luces de artificio que tal vez valían poco pero eran espectaculares en su belleza-, todo ello eran un tesoro que guardaba para ponerlo en el ara de ese amor sublime, poderoso, infinito.

Cuando el "príncipe" llegó no me detuve a pensar en otra cosa que aquel maravilloso traje en el que había trabajado pacientemente tantos años, no me detuve a pensar si le quedaba bien o no, si era adecuado, si iba bien con su persona. Simplemente se lo puse encima y me dediqué a buscarle todas las justificaciones posibles; todas los inconvenientes, todas las fallas, todas las barreras me parecían poca cosa ante la fuerza de mi convicción: él era el elegido, era por quién había esperado tanto tiempo, ¿cómo podría detenerme ante consideraciones nimias como edad, estado civil, condición económica, nivel cultural...?. Pequeñeces, nada que el Amor, esa poderosa y suprema arma no pudiera vencer o doblegar. El príncipe por fin había llegado, y era tan perfecto en su traje de luces, revestido con todos los atributos que yo había celosamente guardado para ponerlos a sus pies. Todo, mi vida incluso era prescindible ante ese maravilloso milagro.
 
**********
 
Fue una relación que la marcó para siempre. Fue..., como una nube de tormenta que de repente se posó sobre su vida y aunque todos veíamos la sombra, y la amenaza que representaba, ella sólo veía un día soleado a su alrededor.
Una relación que fue más lágrimas y sufrimiento que momentos de felicidad, a decir verdad, no entiendo muy bien porque fue que siguió porfiando en ello tanto tiempo, aún a costa de su salud. Su cuerpo enfermó, pero antes de eso, su alma y su espíritu se quebraron. El mirar cada día esa batalla que libraba, esa lucha constante entre ese amor que quería salvar a toda costa y los obstáculos que aparecían a cada momento. Y debo decir, que muchos de esos obstáculos provenían de ese hombre a quién ella había puesto en un altar.
Efectivamente, no había nada que ella no estuviera dispuesta a justificar.
Ahora que lo recuerdo, me duele el corazón al entender lo que debió sufrir, entre el amor que siempre sintió por nosotros, su familia, y esa especie de fanatismo, de adoración equívoca que desarrolló por aquel que sólo vió en ella una prolongación de la juventud que se le escapaba, o un trofeo que pudo presumir por un tiempo, antes que la novedad se esfumara y su realidad lo llamara de nuevo a su vida tranquila, resuelta, bien planeada, en donde, por supuesto, ella -mi hija- no tenía ningún lugar ni sentido.
Todavía recuerdo esa ocasión en que por primera vez, después de muchos días, recuperó la conciencia en esa cama de hospital: sola, aterrada, devastada por el dolor físico y moral, volteó a ver que entraba por la puerta y sonrió con una tristeza infinita, me preguntó: "no ha llamado, ¿verdad?, no me ha buscado..."

**********


Continuará...



luz, 2013

No hay comentarios.:

Publicar un comentario