martes, 15 de octubre de 2013
MARINERA
Fascinada por la inmensidad de ese azul que se perdía en el horizonte. Las nubes viajaban en el cielo y parecían correr a la par que las crestas de aquellas olas que batían una y otra vez, incansables, infinitas...
El mar parecía hacerle una invitación constante: "ven.., ven.." decían las olas cada vez que se acercaban a la orilla. "Ven..., ven..." con sus dedos de espuma queriendo jalar sus pies, firmemente hundidos en la arena. Le enredaban sus brazos de cálida humedad por las piernas, por la cintura.., apretaban su cuerpo queriendo llevarla más adentro, allá donde el estruendo parecía apaciguarse, donde el romper de las olas se volvía tan suave como un arrullo.
Y las olas se retiraban una y otra vez, después de llenarla con sus rumores de mil historias desconocidas,
de lágrimas vertidas, de risas tranquilas o de carcajadas plenas.., y las olas volvían una y otra vez, sin cansarse, sin variar en nada su llamado suave, cálido, arrullador: "ven.., ven..."
Pero era cobarde, le fascinaba el espectáculo de la inmensidad, de la libertad que no conocía límites, de esas fronteras que se encontraban tan lejos una de otra, que no había manera de abarcarlas con la mirada. Eso era hipnótico, todas los pensamientos, todas las situaciones, todo lo que traía consigo lo olvidaba entonces. Concentrada en ese sonido monótono, en ese vaivén incansable, interminable... ¿Hubiera querido perderse en esa inmensidad?, ¡sí! gritaba rápidamente su corazón, ¡sí!, con igual pasión gritaba su cuerpo y sus brazos se extendían -con vida propia- hacia el azul infinito, acariciando las blancas crestas que se aferraban a sus dedos conduciéndolos... Pero sólo era un segundo, enseguida, su miedo, su eterno miedo la hacía enterrar sus pies con más fuerza en la arena, volver sus brazos hacia su cuerpo, abrazándose fuerte, temiendo que no le obedeciera y se dejara llevar por la corriente. El miedo, la única cosa de la que nunca, en ningún momento o lugar la abandonaba.
Un día, -pensaba- un día subiré a una barca y me iré. Viajaré hasta donde la corriente me lleve. Iré a conocer esos fantásticos lugares de los que me habla la brisa, todo aquello que las olas me han contado, las historias que susurran los caracoles a mi oído.
Un día, abriré mis brazos como alas contra el viento, los ojos cerrados a la luz del sol que me enceguece y la sal del océano en mi cara; un día veré al mar tragarse la gran bola de fuego enrojecida que es el sol de la tarde, y por la mañana, lo veré levantarse nuevamente entre velos de púrpura y rosas encarnadas, y los seres del mar viajarán a mi lado y ellos también me hablarán de sus muchas historias, de todos los caminos que han recorrido, de todas las maravillas que han visto, y de los infinitos tesoros que guarda ese universo extraordinario que es el mar.
O me dejaré llevar, simplemente, por esas olas recurrentes y cálidas que constantemente me guían desde la orilla, caminaré sin miedo y seré yo también parte de ese concierto. Las algas envolverán mi cuerpo como un traje de fiesta, los corales y estrellas serán mis ornamentos y los peces del mar serán mis compañeros.
Un día, -pensaba-, un día...
******
Así la retiraban cada día de las orillas, después de pasar horas mirando embobada el romper de las olas.
Sin hablar, sin moverse; presa en un cuerpo que hacía mucho estaba muerto, que no daba señal alguna de tener animación, ni entusiasmo, ni sensación para bien o para mal...
Sólo el romper de las olas parecía provocarle algo, porque, invariablemente, su cara mojada por las lágrimas, parecía llevar en sí, toda la sal contenida en las olas que mansamente lamían las ruedas de la silla en donde permanecía por siempre anclada.
-¿Que pensará, qué sentirá...? preguntaba la fiel sirvienta al médico de guardia, cuando la llevaban de regreso hasta su cama.
- Nada, no piensa, no siente..., es mejor que sea así, en ella todo está muerto. Un día dejará de respirar, descansará por fin,
un día....
luz, 2013
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