miércoles, 13 de enero de 2010

IN MEMORIAN







No había visto nunca llorar a mi padre. Un hombre recio; más bien seco, distante.., cariñoso con nosotros, sin duda, pero poco dado a expresarlo.
No pensé que esos ojos siempre fríos pudieran llorar como nosotros cuando caíamos, o recibíamos un regaño, o por un berrinche nuestra cara se volvía un escurrir de lágrimas sobre unas mejillas calientes y enrojecidas.
Tampoco se me ocurrió nunca, que lo vería tal como un semejante, exactamente como un niño que acaba de caer, o que ha sido tan duramente regañado que su cuerpo se encoge y toda su figura es la viva imagen de la tristeza y el temor por lo que puede venir y no se sabe.

Pero eso pasó cuando murió mi abuela, su madre. Y asi fue que lo vi, en aquel momento en que, tapada la fosa, se dejó caer sobre aquella lápida cercana y el abrazo de mi madre no alcanzó a contener la inmensa tristeza de aquel hombre-niño que de pronto se derrumbó despojado y temblando de soledad y frío.

*

Mi abuela murió cuando yo tenía 9 años; una agonía larga, consumida por la diabetes, ciega ya y con todas las complicaciones posibles, aún duró días en una cama, inconciente y emitiendo una especie de gruñido ininteligible que se oía día y noche, sin descanso. Ese sonido sordo y monótono era lo único que se escuchaba por momentos. Gente entraba y salía como lo harían en un templo, de puntillas y hablando en voz baja como si las voces o los ruidos pudieran perturbar a la enferma que, sumida en su letargo, no se sabía si todavía estaba ahí, o aquello sólo era un montón de carne y vísceras que empezaban ya a descomponerse en esa cama.
Pero en ese tiempo, todo eso me era ajeno.
Por alguna extraña razón, no identificaba yo ese cuerpo agonizante con mi abuela. De alguna manera, en mi mundo particular, mi abuela seguía de pie, en algún lugar de la casa haciendo lo que siempre hacia.
Yo esperaba verla en su habitación, cosiendo alguna ropa (siempre había algo que coser, siempre.., invariablemente..); en la cocina, limpiando verduras, lavando trastes, cocinando alguna de las cosas que le gustaba ofrecernos; en el patio, entre sus macetas sacando hierbas malas y trasplantando brotes y retoños; entrando por la puerta, con aquella bolsa de colores fosforecentes llena de cosas del mercado que conseguía tras largos ratos de plática y regateo con los "marchantes"

*

Viví con mi abuela desde siempre, desde que tengo memoria. Ella me recibió en sus brazos cuando mi madre partió al hospital con fiebre puerperal después de parirme. Preocupada por que muriera "en pecado" (católica ferviente) me llevó esa misma noche a bautizar y fue por lo tanto mi madrina y quién escogió el nombre que llevo. Después, recuerdo su mano curtida que me llevó tantas veces: al mercado, al parque, a la iglesia. Me enseñó a rezar y durante el mes de mayo, me vestía de blanco para llevar flores a la virgen, todas las tardes.
Criaba pollos, guajolotes, patos.., me enseñó a oxear a las gallinas y patas y guajolotas para encerrarlas a tiempo de poner los huevos. Con ella descubrí a un pollito todo mojado saliendo de su huevo y tal vez ahí fue que comencé a mirar a los animales como parte de la familia.
Me enseñó muchas historias, en las tardes en que pasaba con ella aprendiendo a tejer, a coser, a bordar. Me habló de los antepasados, de las apariciones, del árbol genéalogico y tantas cosas que a esa edad ( y aún ahora) me tenían todo el tiempo con los ojos muy abiertos y mi imaginación dando vueltas por todo lo que ella describía.
Y le gustaba escucharme, aún cuando yo no sabía que decir, o que contar, ella decía: "cántame una canción" y asi, también se quedaba mucho rato sin decir nada, medio sonriendo al mirarme mientras yo "cantaba" para ella.

*

El día que enterraron a mi abuela, regresamos a casa. Yo aún con la impresión de haber visto a mi padre como nunca pensé, con el primer gran dolor de mi niñez, cuando me acerqué a él y le abracé, pensando que mi sólo contacto le aliviaría y cuando sentí mi corazón encogerse al ver que no fue asi, que mi presencia y mi caricia no le alcanzó en ese momento para paliar su propia pena.
Y cuando por fin entramos a la casa, me fui directo al banco de mi abuela, justo al centro del patio, bajo la higuera que ella había plantado un día, hacía muchos, muchos años.
Cuando vi el asiento vacío, supe, que ya no regresaría.
Hasta ese momento, supe que mi abuela había muerto.

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luz, 2009

1 comentario:

  1. lindo, arquetipico, es con el tiempo que aprendemos a ver esas iniciaciones de nuestros mayores.

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