domingo, 12 de noviembre de 2017



Ángel.


¿De qué sueñan los ángeles?
Llevando en sí las visiones de un tiempo infinito,
pasado y presente confundidos en una milésima de aliento.
El reflejo de universos incontables
en sus ojos oscuros, profundos como abismos,
¿de qué sueñan los ángeles?
¿sueñan,
acaso?





No sabía entonces que era un ángel. No pude adivinarlo. Nada en su aspecto, en su expresión, en sus gestos, me indicó jamás que trataba con alguien (o algo) que no era humano, acaso ni siquiera real.
No se acercó a mí, ni a nadie. Apareció un día y ocupó un lugar en la calle oscura y decadente por donde transcurrían nuestras vidas monótonas y ordinarias y desde ahí parecía mirar todo sin que en realidad estuviera atento a nada.

Una figura desgarbada, ropajes gastados, una cabellera larga y descuidada que le cubría a medias el rostro y no dejaba adivinar gestos ni facciones. 
A nadie le interesó. Con esa facha se integró inmediatamente al paisaje y pasó a formar parte de la sucia calle nuestra. Pronto lo mirábamos como mirar las paredes descostradas de las viviendas derrumbándose a medias, el agua sucia que corría por la orillas de la acera o los postes que se iluminaban por la noche dándole a la calle su aura amarillenta de cadáver. A veces yo misma, como saliendo de mi catatonia crónica detenía mis ojos en ese paisaje irreal y me preguntaba: "¿qué país? ¿qué sueño es éste?" -México, susurraba un fantasma en mi cabeza; México repetían mis labios sin que saliera de ellos ningún sonido. Algún lugar, algún barrio perdido en la capital del país.Luego volvía al estupor, y seguía caminando.

Pero un día, mientras pasaba por su lado intentando adivinar que había tras esos mechones de pelo enmarañado, que escondían las manos empuñadas en los bolsillos de la chaqueta gastada, intentando adivinar en fin, quién era el extranjero en un barrio en el que todos eramos extraños, levantó la cara y me miró.
Yo no sabía entonces que era un ángel, pero tendría que haberlo adivinado en ese instante. En ese momento que miré un par de agujeros tan negros que reflejaron mi propio rostro un instante, antes que esos hoyos oscuros me traspasaran con su penumbra y me atrajeran hacia el fondo como un remolino fortísimo e inevitable.

Pero no lo pensé entonces, no pude pensar en realidad. Temblaba como si de pronto me hubiera atacado una fiebre desmedida. Esos ojos me estaban desnudando el alma y enfrentándome en un instante con todas mis grandes y pequeñas miserias, con mis miedos, con los pecados que había cometido y que siempre mantuve enterrados tratando de olvidarlos. Me ponían frente a los sueños que enterré, las esperanzas que abandoné, los sentimientos que herí y los corazones que laceré, haciendo con ello mi propio tormento.

Tuve en ese minuto definitivo la oportunidad de liberarme de todo aquello, cuando sentí en mi piel el roce de unos dedos. El hombre tomó mi mano y abrió el puño que tenía crispado y tenso, yo supe entonces que me daba la oportunidad de despojarme de todo mi dolor, de mi soledad, de mi miseria. 
Entendí, no sabré nunca cómo ni porqué, que toda aquella negrura en la que me había sumergido al mirar aquellos ojos, era un océano de lágrimas y lacras que otros muchos -hombres y mujeres- habían descargado en él, en sus espaldas, en sí mismo. 

Y lloré. Lágrimas de arrepentimiento, de gratitud, de reconciliación; conmigo misma y con la vida, con la humanidad, con el mundo.
Lágrimas que se convirtieron en torrente, en manantial que no dejaba de fluir y que pronto hizo un hilillo que bajó por mis piernas y llegó al suelo haciendo una mancha oscura, viscosa, espesa.
El hombre retiró entonces su mano, mojada también con aquellas lágrimas mías que habían adquirido esa densa consistencia y con un olor metálico y dulzón que asociaba a la sangre; hasta entonces, a medias, vislumbré el reflejo del acero que retiraba de mi cuerpo con esa gesto delicado y suave, casi de verdadera piedad.

Pero yo no sabía entonces que era un ángel, y pasado el segundo de iluminación retiré mi mano, limpié mi rostro y sin decir palabra me alejé.
Al otro día, el hombre se había ido. No volví a verlo nunca.

No volví a ver nada. Ni a nadie. Nunca más...


luz, 2017

No hay comentarios.:

Publicar un comentario