martes, 15 de junio de 2010
ESPEJO
Un día cualquiera, tomo el tren subterráneo. Voy en camino a algún lugar, cumpliendo un compromiso que seguramente no he podido evitar.
Encuentro un lugar entre las personas y al acomodarme inmediatamente me evado del entorno y cierro mi mente y mis oídos al mundo alrededor. Me es relativamente fácil hacerlo, tanto tiempo de práctica...
Algo, sin embargo, acaba por devolverme a la "realidad", algo que ha llamado mi atención y que me es imposible ignorar.
La mujer me mira desde su indiferente lejanía
(pero está a mi lado)
sus ojos oscuros y apagados, no muestran emoción; ni siquiera reflejan la luz del exterior, por el contrario,
son agujeros que parecen contener en sí el negro más absoluto, la ausencia total de claridad.
La mujer no tiene contornos definidos
(pero la veo claramente)
sus rasgos se difuminan, se mimetizan con el paisaje a su alrededor: a veces pañoso cristal, a veces una pared de fachada resquebrajada; aún así, las facciones permanecen inmutables. No hay señal de dolor o de alegría, de sorpresa o de hastío; no hay más que esa máscara cetrina en donde el pozo oscuro de los ojos es lo único que no pasa inadvertido.
Descubrí de repente su rostro y no pude apartar más la mirada. Me pregunto: ¿que pensará la mujer? ¿notará mi mirada, llena de ansiosa -angustiosa ya- curiosidad? Porqué en algún momento me dí cuenta que la curiosidad se transformaba en urgencia, en zozobra...
Y es que yo conocía a la mujer.
Yo conocía esos rasgos, esos ojos...
Yo sabía que esa cara, no solía ser así. Con certeza sabía que esos ojos no habían sido siempre esos pozos de negrura sin vida, y que esa cara, no había sido tampoco ese fantasma desdibujado sin expresión, sin sentimientos, sin alma...
Yo había conocido a la mujer en otro tiempo, en otro lugar, en otras circunstancias más felices. Y había mirado tantas veces el punto de luz que irradiaba de aquellas pupilas; ese punto de luz casi imperceptible que era capaz de iluminar todo el espacio alrededor suyo.
Y había conocido el color rosado de sus mejillas tersas, y la roja y húmeda sonrisa que era el dibujo constante de aquella boca, una boca que era como un fruto en sazón, que se antojaba besar, comer, disfrutar...todo lo contrario a este garabato apretado y blanco que hoy miraba.
Recordé todo eso.
Y la angustia que había creciendo como un globo de amargura en mi garganta reventó por fin. Entonces, por primera vez, la cara de la mujer dió una señal de vida: desde el fondo de aquella negrura de los ojos distinguí un minúsculo reflejo que poco a poco, mientras crecía y se hinchaba iba tomando forma. Una lágrima escurrió al fin por la pálida tez...
Y sentí el dolor más hondo, la piedad más dolorosa, cuando extendí mi mano y quise limpiar aquellas amargas lágrimas en el frío cristal de la ventana en donde yo había tardado todo ese tiempo en reconocer mi propio reflejo.
luz, 2010
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